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Porlamar
17 de agosto de 2017





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Dos predicadores, un mensaje
Los venezolanos de hoy nos parecemos un poco a Alicia y a los fariseos. Atrapados entre el desconcierto, que es comprensible, y la irresponsabilidad, que no lo es, estamos indecisos y paralizados, mientras el país continúa su rumbo hacia el desastre.
Manuel Narváez | narvaezchacon@gmail.com

16 Feb, 2017 | El sábado pasado en Los Robles escuché a Francisco Suniaga citar el pasaje en que la sonrisa burlona del Gato de Cheshire responde a una necia y despreocupada Alicia en el País de las Maravillas que pregunta sobre la pertinencia de un camino (el medio), sin haber decidido previamente el punto de destino (el fin).

El pasado lunes escuché al Padre Pedro leer los siguientes versículos del Evangelio de San Marcos: “En aquel tiempo, se presentaron los fariseos y se pusieron a discutir con Jesús; para ponerlo a prueba, le pidieron un signo del cielo. Jesús dio un profundo suspiro y dijo: «¿Por qué esta generación reclama un signo? En verdad os digo que no se le dará un signo a esta generación.» Les dejó, se embarcó de nuevo y se fue a la otra orilla”. La homilía siguió con una concisa exégesis para destacar el deber de ejercer responsablemente el libre albedrío.

Los venezolanos de hoy nos parecemos un poco a Alicia y a los fariseos. Atrapados entre el desconcierto, que es comprensible, y la irresponsabilidad, que no lo es, estamos indecisos y paralizados, mientras el país continúa su rumbo hacia el desastre.

Digo que el desconcierto es comprensible porque confrontamos una situación en que coinciden dos momentos críticos de muy grandes proporciones: la crisis terminal del régimen chavista; y la crisis del rentismo petrolero como base epistémica para interpretar la realidad.

Pero también digo que la irresponsabilidad no es comprensible, ni mucho menos aceptable. Esperar signos externos, mesías providenciales o plantear preguntas y escenarios ridículos (“constituyente ya”, “calle sin retorno”), además de ineficaz, es indigno de nuestra condición humana. Corren tiempos que exigen una actitud reflexiva, coherente y comprometida. “Tú debes ser el cambio que deseas ver en el mundo”, predicaba Ghandi.




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