Porlamar
23 de octubre de 2019





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El abrazo
Esta semana en la columna Transeúnte me siento complacido de compartir las letras de la novel cuentista Guadalupe Rey. Disfruten de esta cruda, pero aleccionadora historia.
JUAN ORTIZ

17 Sep, 2019 | Y un día la encontraron como Ofelia, dormida en el agua entre flores para no despertar. No era comprensible, nadie lo vio venir.

Valentina nació como una joven hermosa, piel blanca, cremosa, sus ojos eran de color café, avellanados. Su cabello era rubio, casi blanco, pero con el tiempo se puso un poco más dorado. Siempre fue hermosa.

Su sonrisa iluminaba cada espacio en el que entraba, era talentosa e inteligente, para sumar a todo el paquete de cualidades. Cantaba con una melodiosa voz de soprano que derretía los corazones, bailaba cualquier estilo musical con gracia desde la primera vez y sabía pintar de manera instintiva con casi cualquier técnica.

Quienes la vieron pasar de una niña tierna y encantadora a una joven exitosa llena de sonrisas no comprendieron jamás su final. ¿Quién podría querer verla muerta? Parecía todo falso, un montaje.

Santiago, el novio de Valentina, solo se sentaba en la esquina a pensar, no podía hablar. Para todo el mundo él era el culpable de lo que había pasado, al final era quien vivía con ella, con quien compartía la cama y el día a día. Él fue, la decisión estaba tomada y a nadie le importaba si entraba en estado catatónico; lo merecía, él le había hecho esto.

La madre de Valentina, Piedad, tampoco lloraba, sonreía y miraba por la ventana hacia el cielo azul. Ella veía algo que nadie más podía ver, el sol que iluminaba su cara le daba esperanza, al menos tenía una nieta hermosa que había heredado la belleza de su hija y la cuál no cometería los mismos errores.

Piedad agradecía que Valentina hubiese muerto después que su padre. Estaba segura que el pobre hombre no hubiese resistido. Valentina no era hija única, pero era la favorita, hasta sus dos hermanos comprendían que fuera así, ellos también la preferían a ella.

Valentina nació un 14 de septiembre a las 6 de la mañana. Su primera sonrisa coincidió con el primer rayo de sol de ese día. Su parto fue sencillo, duró apenas media hora y los dolores no fueron fuertes. Con ella cerraban una amorosa familia de 6.

Desde el inicio de su vida todo parecía indicar que Valentina había nacido para el éxito. Aprendió a hablar correctamente desde la primera palabra, caminó en pocos días y siempre erguida. Para la gente era impresionante ver a una bebé de 2 años caminar con semejante porte.

A medida que fue creciendo y entró al mundo escolar sus notas demostraron una vez más lo que todos sabían. Era una niña inteligente, además, era extremadamente responsable y organizada. Parecía como que había nacido con todo resuelto dentro de ella, siempre acorde a su edad, pero con un toque de madurez extra.

Cada vez que le decían a Piedad que su hija era extraordinaria, y que debería hacer "x" cosa para que se hiciera famosa, ella respondía: “Cuando Valentina decida serlo, lo hará”. Ella la apoyaba, pero jamás se atrevería a obligarla a nada.

Valentina tenía un carácter muy fuerte, ella se imponía en todas partes. Su suave voz, su cara dulce y su sonrisa encantadora hipnotizaban a cualquiera, y la gente no se daba cuenta.

Su madre también había notado que Valentina había ido tomando el poder sobre las reuniones, excursiones, cumpleaños, bodas y demás fiestas de sus amigos y amigas. Ella elegía los lugares, la decoración, las comidas, bebidas y, en más de una oportunidad, hasta los atuendos.

Piedad sabía que era por la necesidad de su hija de tener el control sobre todo. Los demás lo veían como dedicación y entrega, les parecía que Valentina era la joven más bondadosa del pueblo.

Valentina siempre estaba rodeada de gente, siempre sonriente, siempre feliz. Nadie, ni su madre, habían notado que detrás de esa sonrisa, en los ojos castaños de la joven, la tristeza habitaba.

Muchos de los problemas de carácter de Valentina habían sido obvios para sus padres y para sus hermanos, pero siempre parecía que se habían logrado canalizar de manera sana. Nadie sabía ni entendía que detrás de todo eso había un hoyo negro doloroso y profundo que mataba a Valentina desde su primer llanto.

La chica se había sentido con deseos de morir desde muy temprana edad. La primera crisis dolorosa que tuvo en su vida fue a los 6 años. Sus abuelos murieron en un accidente automovilístico. Valentina los amaba más que a sus padres, pues su abuela solía explicarle cosas sobre ese hueco y su abuelo siempre estaba ahí a tiempo para ayudarla a pensar en algo más.

Su abuela le había explicado que ese hueco le salía a algunas personas porque eran demasiado fuertes, y si no tenían ese hueco en el pecho crecían demasiado grandes y podían hacer daño. También le dijo que, siempre que el hueco se sintiera muy grande, ayudara a otra persona y el hueco se dormiría un rato. Lamentablemente no se quedó para explicarle qué hacer después.

Así que Valentina llenó su vida de amigos que la adoraban, de fiestas, cócteles y pasatiempos en los que era buena desde el principio. Pero el hueco crecía y crecía, nada lograba hacerlo más pequeño.

Empezó a organizar viajes, excursiones, a estudiar otra carrera. Nada parecía llenar el vacío. Finalmente, un día decidió contarle a su mejor amiga que tenía un deseo intenso de morir, que no soportaba todo el dolor que sentía en el pecho.

Le comentó cómo fantaseaba con suicidarse, le dio detalles de todo lo que había imaginado para poner fin a su vida. Su amiga se escandalizó, le dijo que no podía estar diciendo esas cosas, que eso no era cierto, simplemente estaba triste.

—No hay tal desesperanza Valentina, o sea amiga, tienes un novio hermoso, unos padres que te lo dan todo y eres la más amada en todas partes, déjate de boberías —dijo la chica.

Valentina pensó que tal vez su amiga tenía razón y que eran tonterías, ella no tenía ni una razón para sentirse tan desdichada, lo tenía todo sin tenerlo todo. Su vida no era vacía, no había tenido ninguna situación traumática digna de película ni de libro. Si ella se sentía así, era su culpa.

Unas dos veces más Valentina expresó su deseo de morir, pero la gente siempre respondía igual: “¡Cómo vas a decir eso! Una niña tan bella”, o “¡Valentina, por Dios, eso no se dice ni jugando! Déjate de boberías”, siempre terminaba siendo exageración de ella. Era su culpa, definitivamente.

Al cumplir los 30 años Valentina tenía una hija de dos con un novio que la amaba profundamente. Pronto se casaría con él, estaban esperando que su beba pudiera ser la niña de las flores, si no lo habían hecho antes era porque ese era el sueño de Valentina, que su hija fuese su niña de las flores. Todo era perfecto, una vida idílica.

Faltando solo dos días para la boda la desgracia golpeó a la familia. Santiago llegó a casa luego del trabajo para dedicar la noche a su amada. Había dejado a la niña en casa de su abuela. Faltaban pocos días para la boda y él quería decirle unas palabras, hacerle una cena y prometerle, una vez más, su amor eterno.

La casa estaba a oscuras, excepto una pequeñísima luz que venía de debajo de la puerta del baño principal. Santiago estaba seguro que su amada estaba en la tina tomando un largo baño de espuma, decidió entrar para enjabonar su espalda y masajearla un poco.

Abrió la puerta, en un principio el baño parecía vacío, pero, al ver mejor, la tina sí estaba llena de agua. Al acercarse bien, allí estaba ella, Valentina. Parecía dormida en el agua rosada por la sangre y llena de flores luciendo su vestido de bodas.

Valentina se cortó las venas, Valentina tomó dos cajas de somníferos, Valentina estaba muerta.

Nadie entendía cómo esa mujer tan hermosa y llena de vida, amor y bondad, podía haberse suicidado; seguro su novio le había hecho algo. Solo su madre entendía que Valentina al fin era feliz. Valentina al fin abrazó su depresión, eso de lo que ella quiso hablar y nadie quiso escuchar.

Valentina abrazó el dolor, la angustia y se dejó consumir por el hueco, nunca consiguió a alguien que se atreviera a ver al abismo con ella tomando su mano para que cayera. Valentina decidió abrazar la muerte.




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