Porlamar
12 de noviembre de 2018





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La Virgen del Valle de nosotros
Aceptemos que esa preciosísima Dulcinea, en el cerebro luminoso del Quijote de
La Mancha, el de los infinitos Cervantes, tuvo en Dulcinea su Virgencita del Valle.
Perucho Aguirre

Foto:ARCHIVO SOL DE MARGARITA

Nuestra Reina de los Mares e Islas, la Virgen del Valle. / Foto:ARCHIVO SOL DE MARGARITA

6 Sep, 2018 | La onírica e irreal Dulcinea, novia y enamorada por causas históricas de Don Quijote. A espada limpia, si era necesario. Así son los amores que tenemos, nosotros, con nuestra Reina de los Mares e Islas, ¡La Virgen del Valle! Bandera, escudo e himnos (Los cantos de la Margarita)… ¡Infinitos! ¡La margariteñidad, islalidad original. Sublimación. Para nosotros, de carne y hueso! ¡Sangre! Botijuela de las esperanzas y ¡ay! de quien intente meterse con ese profundo amor, por sus designios mentales o alguna locura. ¿Y, eso viene? ¡Por ti, Virgencita, amada, te lo juro! ¡No podrán!

Aceptemos que esa preciosísima Dulcinea, en el cerebro luminoso del Quijote de La Mancha, el de los infinitos Cervantes, tuvo en Dulcinea su Virgencita del Valle.

Porque fue su solvente amparo, único, amor. Su alcancía de perlas, como lo es esta Madre del Mar, para nosotros. Bauprés de proa al cielo y capitana. Protectora de a bordo, resolver, como la sombra milenaria y peninsular de Macanao, clareándonos horizontes y puntos cardinales en la Rosa de los Vientos. Seguro sextante de cordialidad y amores… ¡Es que son tantos! ¡Ojo avizor, Castillo de Santa Rosa, en La Asunción!...

¡Miguel de Cervantes no lo creería!... De las bitácoras azules en el orfebre y mago de la belleza, Chu Boada, en su mirar y voz de tenor consagrada. En su silueta viviente y templada y, orinques de sal. Retoque en la piel de nuestro regionalismo, que nos serena sangre, Isla y sol. Al igual que Chu lo hace, logra en la firme gravedad de las querencias.

Sin garrear un instante el ancla de los espejos cromáticos de nuestro incuestionable amor. Fragua y timonel. Prodigio de los sueños que, sin saber de destinos, lo saben por el absurdo, como en los teoremas de las geometrías matemáticas de los sueños… Aunque nada es definitivo, ¿verdad, Dulcinea del Valle del Espíritu Santo? ¿Dónde están los quijotes, poetas y cantores para evitar lo que pueda suceder?... ¡Aquí, en la Margarita están! ¡Qué conste, Cervantes!

Chicharra indígena en el tropel de la marinería. Nutritivo sustento de las nostalgias. Serviola de no dormir. Atenta al cielo ingenuo sin prejuicios, emerge entre marrones o amarillos y cae, con sus carcajadas de lluvia; rehaciendo las artes para embellecer alfombras y silencios de legitimo santuario. Porque esa vieja casa de solemnes jardines cofradía de la expresión guaiquerí es un abrazo universal, apretón de manos con
asomo de lágrima, con una jota o polo entre labios. Fulgor, naturaleza amenizando el despertar, la canción del pájaro; serenatas, el fuego a leña de las primeras sonrisas; porque lo sabe victorioso e inoxidable.

Charaima que le renace al Poblao de La Cruz Grande y Palguarime. Vertiente de brisas encendidas en voladores, para regar sembradíos realengos e inspiraciones en las raices…

- No, comái Mama Geña, no, espérese y llévese estas maticas de rosas que le pegué hace 20 días. - … ¡Ah, y estos cinco güevitos criollos, para el ahijado…! Charaimas que no le huyen a la noche de lluvias, porque con sus nítidas y comprobadas buenas costumbres abonan los campos arbolarios y se lavan las callejuelas. Playas que sin papel ni ensayos nos entregan sus orfeones y paseos de música, mantras que la tarde nos amarra con sus guarales de esperanzas.

No entregarnos, ¡jamás! Eso es en papel sellado con crepúsculos de Juan el Griego y vistosidad de Arestinga. ¡Víspera!... Se trata de la Virgen del Valle! Palabras mayores y eternas, como su edad, pecho de alimentar corazones y amores… -¡Es que son tantos! -repite… ¿Por qué no tocas, Bejazmín el acordeón?... ¡Ya voy, ya voy! Un Señor, el de las eternidades, vino a avisarle.

- ¡Estás muerto, Bejazmín, mas no el acordeón… Por aquí lo tocamos en el famoso Bar La Gloria!... En pleno velorio lo sacaron en diversión, en una empanada, y los caballitos, chirrea que chirrea, como en El Valle de la Virgen. Música margariteña en un parrandero de los de corcha y cobija. Se le cantó, fuerte y profundo… “Te vas pero sé que vas a volver porque te gusta El Merecumbé”… ¿Volverás, Bejazmín?... ¡Sí, sí, siempre!

¡Ay, mijo!... ¡Ay, Virgencita del Valle! ¿Azul?




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