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Porlamar
22 de septiembre de 2017





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Siempre quise ser pescador pero gloria no quería
Llegado a La Salle me quedaba un rato sacando pollitos -moluscos bivalbos parecidos a una almeja- en la desembocadura de la laguna La Boca acompañado del sereno, de los sapos, los manglares, las garzas dormitando, y una guasa que siempre se asomaba a verme asombrada. -Asombroso sería hacerlo en estos tiempos, me dije a mi mismo- con un ojo sobre el agua calma.
Juan Ortiz | Instagram: Juanortiz_c | Twitter: Juanortiz_12

23 Ago, 2017 | Me escapaba a las 3:00 de la madrugada caminando con un saco vacío al hombro y un pequeño bolso con mis utensilios de pesca: mi cuchillo, dos carretes, nailon de repuesto, anzuelos y plomos. Tenía en mis manos también un par de palos de escoba con triple función: para defenderme, para parecer un loco de carretera y no llamar la atención -uno de mis disfraces favoritos de bajo perfil- y una tercera que les contaré más adelante. Caminaba toda la orilla de la playa de las Mercedes y Punta de Piedras hasta bordear luego La Salle. En el camino me deleitaba mirando el firmamento ebrio de estrellas, respirando el aire fresco mezclado con el olor a algas descompuestas en la orilla que, según los viejos, ayudaba a limpiar los pulmones. De vez en cuando la bruma dejaba ver al Lango Lango o a la Sayona y una oración oportuna les deshacía; caían también estrellas fugaces, como lágrimas nocturnas del cielo que lloraba la partida de la noche y la entrada del alba.

Llegado a La Salle me quedaba un rato sacando pollitos -moluscos bivalbos parecidos a una almeja- en la desembocadura de la laguna La Boca acompañado del sereno, de los sapos, los manglares, las garzas dormitando, y una guasa que siempre se asomaba a verme asombrada -Asombroso sería hacerlo en estos tiempos, me dije a mi mismo- con un ojo sobre el agua calma. De allí partía más allá, como quien va para La Restinga, recorriendo la orilla este hasta dar con una montaña de conchas de tripeperla como de tres metros y medio de altura, montaña que luego sirvió durante un par de años de faena como escondite de mi saco hasta que lo robaron y yo decidí que no era sano seguir yendo tan temprano por esos lares. Esa montaña me servía como punto de referencia para darle la espalda al mar y adentrarme a los manglares y descubrir la laguna de Los Caimanes, rebosante de lebranches, cangrejas y camarones, estos últimos el porqué de mi travesía por ser la carnada predilecta.

Ya en Los Caimanes colocaba mi bolso en el piso y desenrollaba el saco, tomaba los palos de escoba y cada uno lo ataba a los lados del costal, dos esquinas para cada palo, me quitaba las cholas y me metía a la laguna fangosa descalzo con mi red especial lista. Caminaba unos cincuenta metros al fondo, al llegar al punto que consideraba indicado por las características del suelo -mientras más fangoso mejor-, la cantidad de limo -mientras más mejor- y, por supuesto, la cantidad justa de agua -metro veinte aproximadamente- para que al agacharme no me sobrepasara la boca. Allí, en ese lugar, tomaba con cada mano un extremo del saco sujeto a los palos, hacía lo mismo con mis pies, prensando los palos justo entre el dedo gordo del pie y el dedo siguiente, me ponía en cuclillas y empezaba a caminar de espaldas en la laguna oscura removiendo fango y el limo adrede con los talones hacia el interior del saco para que los camarones se alborotaran y fueran directo a la trampa. Con una sola calada bastaba para tener buena carnada para el día de pesca pero yo me lanzaba tres y cuatro veces para llevar a casa y hacer arroz con camarones. Eran grandes, en su mayoría entre seis y ocho centímetros. A veces pisaba cangrejas azules que eran un premio a ciegas y también iban a parar a la olla del arroz.

Terminada la calada me iba caminando de nuevo a La Salle, tipo 5:30 de la mañana, llegaba esta vez hasta su muelle y me ponía a pescar en él custodiado por el Hermano Ginnes y El Avispón, dos de las embarcaciones emblemáticas del Liceo Náutico Pesquero. Allí recibía el amanecer, a veces de espaldas al sol mirando como alumbraba las cumbres de las montañas de Macanao, a veces de perfil admirando los cerros amanecidos de Cubagua y otras veces de frente para depurar recuerdos. Duraba dos horas en ese muelle, después me iba al muelle de La Lancha dos horas más -allí se agarraban buenas cagalonas y jureletes- y culminaba la faena en el muelle de Conferry donde los cardúmenes de lebranches y los corocoros de a kilo esperaban.

Gracias a la carnada, los pollitos y camarones, siempre llegaba a casa con algo de corocoros, cherecheres, uno que otro pargo cebal, cagalonas, sapos, atunes, pámpanos, jureles -mondeques incluso-, bolitos, mojarras, viejas y, por supuesto, bagres juinches y guateros. No todos de una pero eran los ocasionales. Los especímenes más grandes que llegué a atrapar en el muelle de Conferry fueron un pejeburro de kilo y medio, un candil de kilo, un lebranche de dos kilos que garapiñé por un costado y un corocoro de kilo, en días distintos pero bajo la misma guía y el mismo consejo: el del señor Emilio, un sabio pescador del pueblo que un día me dijo que me fuera mejor desde las tres de la mañana ya con carnada guardada de días anteriores y caminara al muelle del ferry, bajara por un borde y me sentara en las bases de la construcción al ras con el agua a esa hora. Así lo hice y en efecto la pesca mejoró en calidad bárbaramente.

Luego de un tiempo se hizo costumbre ir un día por carnada y otro a pescar con Emilio y otros amigos de Las Mercedes hasta que la civilización y sus vicios fueron ennegreciendo las calles con una oscuridad distinta a la de la noche, que la afeaba y la hacía temible. La droga empezó a colarse, un cadáver apareció en la orilla y todo cambió, y eso, eso será ya motivo de otra historia.

Yo siempre quise ser pescador pero gloria no quería.




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