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El ogro filantrópico

Entre 1830 y 1920, noventa años exactos, el país prácticamente no creció, pero a partir de 1920, año en el que según Baptista “se acaba el mundo viejo”, el crecimiento es sostenido, por momentos desbordado, hasta llegar a cifras alpinas en1980.

Antonio López Ortega / alopezo@cantv.net

La reciente visita a Margarita del gran economista venezolano Asdrúbal Baptista, en una breve estancia que le permitió relanzar su libro Bases cuantitativas de la economía venezolana (1830-2008) y ofrecer una conferencia sobre historia económica de Venezuela, ambas en la Universidad Corporativa Sigo, nos permitió hacer un repaso de las principales cifras económicas del país, cifras que en pocas líneas nos demuestran que en ciento ochenta años de vida republicana son pocos los cambios pero sí muy contrastantes y decisivos. Mucho se ha andado en el terreno político, por ejemplo, pero en el terreno económico el país ha oscilado entre un acentuado rentismo de Estado, que nos persigue hasta hoy como un fantasma, y un crecimiento impulsado por el petróleo, que en unas cuantas décadas ha permitido nuestro desarrollo urbanístico y social.

En 1830, por ejemplo, fecha en la que nace la República, según el barón Humboldt éramos 825.000 habitantes; esa cifra ha crecido en 2012 a 28 millones. En 1920, otro ejemplo, sólo el 20% de los venezolanos vivía en ciudades; ese mismo indicador según el Censo de 1971 llega al 70%, lo cual nos dice que nos bastaron cincuenta años para convertirnos en un país urbano, conformado por una red de grandes ciudades. Entre 1830 y 1920, noventa años exactos, el país prácticamente no creció, pero a partir de 1920, año en el que según Baptista “se acaba el mundo viejo”, el crecimiento es sostenido, por momentos desbordado, hasta llegar a cifras alpinas en1980. Ese verdadero boom de seis décadas, que nos ha permitido ser todo lo que hemos sido hasta ahora, vuelve a experimentar un punto de inflexión hacia finales de los años 70, con un “cambio radical” que no cesa hasta ahora, porque desde 1973 el petróleo ciertamente ha crecido, pero la economía sistemáticamente cae, como si las fallas no estuvieran en el preciado mineral sino en nuestra manera de llevar la gestión pública y las políticas económicas.

Los resultados de esta condensada historia los estamos viviendo hoy, en carne propia, cuando a pesar de tener un capital nacional de 2.8 billones de bolívares (sí, doce ceros), el capital público supera al privado, en una distorsión que no se ve en ninguna parte, pues todos los países del mundo muestran un capital público que nunca supera el 30% de sus economías. Venezuela, según la memorable frase de Octavio Paz, no pasa de ser un “ogro filantrópico”: mucho poder político, gracias a la dádiva y a la sujeción ciudadana, y poco poder económico, con lo que no hacemos sino enterrar el futuro de nuestros hijos.

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