Porlamar
26 de octubre de 2020





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Las almas de la Plaza Bolívar de Porlamar
Esta semana, en Tanseúnte, tengo el honor de compartir las letras de la escritora margariteña Eva Franco. Hallé sus letras en las aceras virtuales de Facebook y quedé enganchado con su sensibilidad y su manera de captar la esencia de los paisajes en su narrativa. Hoy les traigo uno de sus relatos en honor a uno de los sitios más icónicos de la Isla de Margarita. Espero lo disfruten.
Juan Ortiz

2 Sep, 2020 | Un hombre de avanzada edad caminaba por el centro de la ciudad. Cansado de tanto trabajar —y esperando por una jubilación perdida en el tecnicismo de un escabroso sistema—, decidió sentarse a esperar a su esposa en un banco de la plaza Bolívar de Porlamar. Fatigado y casi sin aliento, se quedó mirando a las palomas que volaban sobre la estatua de Bolívar, quien imponente observaba a cada ser errante perdido en el tiempo. Eran almas, solo almas; todas cruzando frente a él. Algunas, vestidas de indio con sus pies descalzos y sus manos reventadas del dolor, y, aun así, cargando la cruz de una nueva fe. Almas negras, mestizas, mulatas, tatuadas de la sangre de algún opresor. Héroes de ayer y de siempre, damas de antaño y de hoy. Amantes eternos, llenos de reencuentros y despedidas, con lágrimas mojando el pavimento que un día fue la tierra que los cubrió.

ARCHIVO

Plaza Bolívar de Porlamar / ARCHIVO

Con sus ojos abiertos traspasando su presente, se perdió en el bullicio de risas, llantos y niños corriendo por siempre. Creyó ver a sus padres, abrazados con su hijo en las raíces del tiempo, sosteniendo el cometa que junto a él construyó. Vio al cantor de su pueblo con los ángeles del cielo; también al desconocido que tal vez cruzó su camino, y a tantos que compartieron un día la cama de un hospital, hasta que durmieron por siempre en su dolor. A los sin rostros, aquellos que un día olvidaron lo que eran para ser nada, en un mundo que los olvidó. Todas las almas imaginables, llenando la plaza en su pequeña inmensidad; traspasando el horizonte de lo posible, de lo que realmente fue.

El hombre se levantó del banco, impregnado del olor a mar traído por la brisa de la costa, que seductora lo llamaba hacia la luz. Su hijo, sonriente, tomó su mano, entregándole el papagayo para volarlo los dos. El frío cemento, que fue grama y luego la tierra de los recuerdos, ahora era la arena tibia de la playa que calentaba con ternura sus pies llenándolo de una extraña dicha que parecía paz. Sin embargo, escuchó un llanto diferente que lo hizo detenerse; volteó su mirada y la vio: era su mujer, que lloraba abrazándolo con fuerza porque se había quedado dormido en el banco frío de la plaza Bolívar de Porlamar.




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