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3 de agosto de 2020





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Solidaridad y comunidad
Cada vez es más evidente y urgente aquello que sostenía Paulo Freire, el galardonado educador brasileño: “Nadie se salva solo. Nadie salva a nadie. Nos salvamos en comunidad”.
Carlos Vignolo F. / Académico Universidad de Chile

24 May, 2020 | Este es un momento de dolor, consternación, preocupación, impotencia. Angustia y desesperanza, incluso pánico, para algunas personas, en la medida en que la situación se agrava.

Dado ello, este violento “estallido viral” es una nueva y muy buena oportunidad para tomar conciencia cabal del mundo en que estamos viviendo y seguiremos viviendo. El mundo se hace cada día más profunda, rápida e impredeciblemente cambiante. Más incierto y amenazante. Más fuera de control, incluso para los países desarrollados, dotados de recursos científicos, tecnológicos, humanos y económicos que, supuestamente, les permitirían lidiar eficazmente con estas pandemias. Tenemos que prepararnos para ese nuevo mundo, caótico y amenazante, lo cual requiere ,en primer lugar, tomar conciencia de ello y de sus consecuencias.

Para todas y todos es esta una gran oportunidad también de recuperar e instalar sólidamente algunos principios y valores fundamentales para que una sociedad pueda generar una sana y armónica convivencia, especialmente en tiempos turbulentos. Una gran oportunidad para erradicar “virus sociales”, aquellos que están a la base del “estallido social” que empezamos a sufrir en Chile en octubre del año pasado.

“Libertad, igualdad y fraternidad” reza el citado lema que surgió durante la Revolución Francesa, adoptado declarativamente por muchos países, comunidades, grupos políticos y personas. La Declaración Universal de los Derechos Humanos los incluye. Sin embargo, en la evolución real del mundo no se ha honrado, promovido y respetado este lema en su totalidad. En algunos países se ha sacrificado la libertad en aras a la igualdad. En otros se ha exacerbado la libertad a costas de la igualdad. En la mayoría de los casos, en ambos grupos, la gran sacrificada es la fraternidad o solidaridad.

Sin solidaridad, sin la genuina preocupación por los demás, sin que el dolor de los demás nos duela, es imposible llegar a un estado de convivencia armónico, estable y sustentable. La solidaridad no es más que la expresión del amor en el ámbito de la relación con quienes compartimos un barrio, un territorio, una nación y el planeta. Sin amor, la humanidad no es humanidad. “El amor es el fundamento de lo humano", nos dice Humberto Maturana, Premio Nacional de Ciencias. Nos propone también que la inmensa mayoría de las dolencias humanas son “enfermedades del amor”

Hemos exacerbado el individualismo, la competencia, el materialismo y el consumismo. Hemos derivado en una sociedad hedonista, en la cual la búsqueda del placer nos guía, moviliza y consume. Las demás personas salen de mi campo de visión e interés, considerándolas muchas veces como obstáculos para alcanzar mis objetivos personales. Con no poca frecuencia, pasando por encima de ellas para lograrlo.

Este es un muy buen momento, además, para tomar conciencia de que, sin solidaridad, sin responsabilidad social, no nos protegemos bien de calamidades como las que hoy estamos viendo. Nos necesitamos todos, responsablemente, para enfrentar de buena manera este virus -y los que vendrán-, así como los problemas sociales, desastres naturales, desafíos políticos, económicos, tecnológicos y otros que el futuro nos depara.

Cada vez es más evidente y urgente aquello que sostenía Paulo Freire, el galardonado educador brasileño: “Nadie se salva solo. Nadie salva a nadie. Nos salvamos en comunidad”.

Este “estallido viral” hace posible, por último, incrementar nuestra Conciencia de Sí y hacer avanzar nuestro crecimiento espiritual. Las fuertes y dolorosas emociones que hoy todas y todos enfrentamos -afortunadamente de una forma mucho más democrática que el estallido social- nos llevan a hacernos preguntas fundamentales que la locura del mundo nos ha hecho olvidar: ¿Quién soy?, ¿Para que estoy aquí?, ¿Cuál es el sentido de la vida?, ¿Cómo logro vivir y convivir bien en tiempos de tormenta permanente?, entre otras.

Si cada vez que nuestras emociones nos desborden intentamos conectarnos con nuestro verdadero ser, con nuestro cuerpo, con la respiración y con nuestra voz interior estaremos, simultáneamente, disminuyendo nuestro sufrimiento y creciendo espiritualmente, haciendo emerger y posicionar esas preguntas en el centro de nuestras vidas.




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