Porlamar
13 de noviembre de 2019





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La enfermera
Hoy la columna Transeúnte se complace en compartir las letras del cuentista venezolano Jean Devenish.
JUAN ORTIZ

10 Sep, 2019 | —Llegaste temprano —dijo Montserrat, sonriendo sentada en el sillón de la habitación.

—Sí, las calles estaban vacías, de hecho, las puertas del hospital todavía se encontraban cerradas, es muy temprano. No esperaba verla despierta y tan recuperada —respondió Carlos, dirigiéndose a su suegra.

—Lo mismo le dije yo a mamá, pero ya la conoces —se quejó Eva Luna.

Carlos no era de esos que creen cosas sobrenaturales. No, él solo creía en lo que alguno de sus sentidos podía captar. Bueno, no tanto de esa manera, pero sí dudaba de cualquier fenómeno inexplicable que pudiera asomarse en esas tertulias con familiares y amigos en las tardes de domingo. Tertulias donde se repetían una y otra vez las historias de momoyes y duendes, personas vueltas a la vida, viejitas flotando en el aire o de aquella niña que se convirtió en un perrito blanco hace muchos años. Esta historia no le pasó a él, pero fue testigo de un verdadero milagro, o de algo muy parecido.

Carlos se había enamorado de Eva Luna desde el momento en que la conoció, y ese enamoramiento, ese brillo en los ojos, esa ilusión, duró el tiempo que demoró su primo en salir de la habitación para presentársela como su novia. Horas atrás el primo le había llamado para invitarlo a su casa para que la conociera. Al llegar fue un poco confuso porque el primo no estaba en la sala, pero sí habían allí dos chicas, Eva Luna era una de ellas, y la otra, su hermana.

Entre los hombres hay un pacto silente de no involucrarse con la novia del amigo, mucho menos del primo. Por eso al presentarle a Eva Luna como su novia se cayó cualquier posibilidad de coqueteo o muestra de interés por parte de Carlos hacia ella. Pero el tiempo —como una de las tantas ironías de la vida— hizo de las suyas. Carlos se hizo muy amigo de Eva Luna, y cuando el primo cayó en desgracia con ella, él estaba listo para ayudarle a curar las heridas, y, quizá, probar suerte. No había garantías, los mejores amigos no son siempre los mejores novios, ni los mejores novios los mejores esposos.

Y así como es inevitable que el helado se derrita, aún en invierno, era inevitable que Eva Luna se enamorara de él, no fue pronto, pasaron meses, los suficientes para que las heridas cerraran y se diera paso a una nueva relación.

Y sí, un tiempo después, allí estaban ambos, en la habitación de aquel hospital; Montserrat, la suegra de Carlos y madre de Eva Luna, acababa de ser intervenida de un cáncer en el riñón derecho. La situación fue tan grave que los médicos tuvieron que extraer el órgano completo.

—El tumor se deshizo enteramente al sacarlo y soltarlo en la cápsula, era cuestión de horas para que se reventara dentro del cuerpo —comentó el médico tratante al salir del quirófano—. Ha sido un milagro.

Horas más tarde hubo un suceso que llamó fuertemente la atención de Eva Luna: una enfermera un poco peculiar había entrado en la madrugada —de avanzada edad definitivamente—, corpulenta y con un traje de color verde muy bien planchado, distinto del que usaron las enfermeras anteriores, el cual era blanco. La mujer se mostró muy simpática mientras Montserrat dormía, pero no dijo palabra alguna, tan solo hizo señas a Eva Luna —quien estaba medio dormida y confundida por toda la escena— de que no hiciera ruido. La anciana le tomó el pulso a Monserrat, hizo verificaciones propias de una enfermera, revisó los líquidos y medicinas que le suministraban, sonrió y se fue.

Cuando Carlos llegó la mañana siguiente se sorprendió al ver a Montserrat despierta y en el sillón —en vez de estar en la cama de la habitación—, como si nada hubiese pasado. Eva Luna contó la historia de la enfermera a ambos, luego de un rato. Realmente no se acordó al despertarse, sino al tiempo después. Montse no se acordaba del hecho. Para Carlos no tenía nada de extraño, era una enfermera, y lo usual era que hicieran revisiones de los pacientes en la noche.

—Sí, pero estaba vestida distinto a las demás chicas.

En ese momento ingresó una enfermera, con su traje blanco y una bandeja con medicamentos.

—Disculpe, señorita —preguntó Eva Luna a la enfermera—, ¿quién era esa otra enfermera que vino anoche a ver a mi madre?

—Anoche no vino nadie, señorita, solo somos dos en el turno de la noche y no queríamos despertar a su madre. De hecho, no pudo haber sido más nadie porque las puertas del hospital se cierran en la noche; nadie puede estar deambulando, y ella es la única paciente del piso.

Eva Luna, sorprendida, le describió a la joven enfermera el peculiar suceso.

—Si, le puedo confirmar que anoche sólo estábamos nosotras, más nadie. Pero eso que comenta ya había pasado antes, y no sabemos explicarlo. Parece ser que alguien viene en ocasiones a visitar a los pacientes, pero no sabemos qué o quién es —respondió la enfermera.

Muchos años más tarde, Carlos y Eva Luna iban por el centro de la ciudad y pasaron frente a un edificio alto y viejo —luego de haber caminado muchas cuadras buscando un banco—. En el frente de dicha construcción tenían expuesto una pancarta vertical muy grande, estaban celebrando el aniversario de la Cruz Roja Internacional, mostrando fotos de antiguas enfermeras y médicos. Fue allí, en esa pancarta, donde Eva Luna pudo detallar que estaba una enfermera con un traje verde, como el de aquel día. No era la misma persona, pero a ella le llamó la atención la fecha que indicaba cuando se había utilizado ese traje: justo entre 1952 y 1958.




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