Porlamar
24 de agosto de 2019





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La Gran Tercera (primera parte)
La comida empezaba a escasear en casa. Su madre y su hermano tenían para comer solo lo necesario para esa noche. Él se lo había pensado bien. Nunca se hubiese imaginado en tal situación, pero imaginar a una anciana de 60 años y a un chamo de 15, ambos bajo su cargo, pasando hambre, era algo que no se podía permitir.
Juan Ortiz

17 Jul, 2019 | Ese día tampoco amaneció. Si su reloj biológico no fallaba, ya iban tres mañanas consecutivas con sus tardes y sus noches completamente a oscuras.

Jorge tenía 23 años. Un joven de tez morena, ojos claros. Era lúcido e inteligente, con una voz ronca a raíz de una amigdalitis mal curada y un renqueo en la pierna derecha por la inclemente polio de cuando niño.

Para ese entonces cursaba séptimo semestre de ingeniería en la universidad. Hacía ya dos meses que todo se había detenido, las instituciones educativas, los supermercados, las empresas. Habían pasado ya 60 días luego de que los dos grandes bandos del norte, de cada extremo del plano, alzaron sus voces para proclamar la tercera y definitiva.

La comida empezaba a escasear en casa. Su madre y su hermano tenían para comer solo lo necesario para esa noche. Él se lo había pensado bien. Nunca se hubiese imaginado en tal situación, pero imaginar a una anciana de 60 años y a un chamo de 15, ambos bajo su cargo, pasando hambre, era algo que no se podía permitir.

Fue al cuarto de su padre, un militar retirado fallecido en la frontera 10 años atrás, y estando allí se dirigió a su closet. Afuera el clima era frío, las luces de los postes apenas alumbraban y la gente merodeaba cada rincón en busca de algún alimento. Arriba, al lado de las cajas de zapatos de charol de la milicia, se encontraba la mágnum y las municiones.

No había terminado de tomarla y cargarla con los cartuchos cuando escuchó un golpe seco en la puerta, luego el metal retumbando en el piso, un grito ensordecedor de su madre seguido del llanto de su hermano… Salió rápidamente del cuarto y los vio allí, cómo animales, en la despensa, revisando y destrozando todo. Su madre y su hermano temblaban en el piso. Jorge recordó bien el entrenamiento de su padre. Se escucharon tan sólo tres disparos: el mismo número de intrusos, el mismo número de fallecidos, el mismo número de municiones que su padre había dejado.

El muchacho, renqueando, fue y levantó a su madre y a su hermano. Recogieron la comida que quedaba, la guardaron en una mochila y salieron a esa noche que llevaba ya tres días.

Los planes habían cambiado radicalmente. Esta vez, por algún designio divino, les tocaba vivir.




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