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20 de julio de 2019





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Los espacios de la sensibilidad pedagógica
Hablar de sociabilidad no es lo mismo que hablar de socialización. Por lo general ambos conceptos son confundidos en el arte de la pedagogía sensible.
Lidia Salazar Yndriago / pensareducativovzla@gmail.com

20 Feb, 2019 | Construir una pedagogía sensible requiere establecer una tríada entre los aspectos sociales, el entorno que envuelve a los seres humanos y la múltiple comunicación que hoy subyace sobre la escuela y la propia sociedad.

Se dice que la escuela ha perdido su rumbo. Se menciona que la educación se ha convertido en desorientadora del ser humano en su fundamentación moral y ética. Entonces, ¿Cómo puede desarrollarse sensibilidad humana, si los espacios que deberían promoverla están contaminados por su entorno en el medio de una vorágine comunicativa que tiene sus aposentos sin control morfológico, semántico, sintáctico y de lazos afectivos en los medios de comunicación, incluyendo los de nueva data, tales como Internet, Twitter, Facebook y otras redes de la “información”?

Hablar de sociabilidad no es lo mismo que hablar de socialización. Por lo general ambos conceptos son confundidos en el arte de la pedagogía sensible. Se ignora que el primero es la iniciativa que tiene el niño, el adolescente, el joven, el adulto para ir de manera espontánea hacia el encuentro de su propia geografía humana, y desde esa sociabilidad es posible el encuentro de la socialización, es decir, internalizar, aprehender, conjugar en praxis los principios y valores que la pedagogía sensible en sus distintas concepciones de sentimientos mutuos son posibles para alcanzar de manera colectiva los espacios del ser, conocer, hacer y convivir.

Es a partir de tales elementos cuando la educación curricular presenta grietas profundas en su epistemología, pues, pretende desde una “visión” conceptual, dirigir las manifestaciones conductuales de los educandos, ignorando que dentro del niño(a) yacen esencias, pétalos, dulzura, esperanza, sonrisas, abrazos, pero también lágrimas, miedos y preguntas sobre su entorno, que en muchos casos no reciben respuestas sino reprimendas o ejemplos negativos, originando con ello, desviaciones humanas sobre el bien o el mal, lo cual se traduce en una desocialización. Por ello, la pedagogía sensible tiene en la sociabilidad un sentido de sincronía y diacronía en el desarrollo social, cognitivo y afectivo de los educandos.

Los niños que se encuentran en espacios muy distantes de las grandes ciudades, perciben una geografía humana más asociada con las culturas, tradiciones, labores agrícolas o artesanales de los pueblos, incluyendo sus estilos de habla, mientras que los niños citadinos, en muchos casos, conocedores de la última tecnología, ignoran aspectos esenciales de la naturaleza. ¿Qué ocurre? ¿Tendrán ambos grupos de niños similares valores o principios? ¿Cómo se desarrollan en conjunto la sociabilidad y la socialización? ¿Tendrá el niño de la ciudad mayor compromiso con el ambiente que un niño que por ejemplo, necesita de un río para que su familia acceda a las necesidades básicas o viceversa?

Aquí es posible asimilar las diversas geografías humanas que anteceden a los educandos o se insertan en su socialización. Es decir, para generar una pedagogía sensible, para ir hacia la construcción de un nuevo ser, es obvio, que no sólo podemos orientarnos por la fundamentación epistemológica, sino debemos recorrer la condición geo-social de nuestros estudiantes para lograr conductas basadas en principios, valores y normas de bienestar colectivo sustentadas en el amor, la afectividad y los valores ciudadanos.




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