Porlamar
23 de febrero de 2019





EL TIEMPO EN MARGARITA 25°C






El viejo
Hoy, en Transeúnte, me complazco en compartir las letras del cuentista Jean Devenish.
Juan Ortiz

23 Ene, 2019 | –¡Me van a matar!

Se dijo Félix al caminar por la carretera que daba a su casa. Era de madrugada, la niebla llegaba a tocar sutilmente las luminarias de la calle, creando un ambiente espantoso de luces y sombras.

Se decía a sí mismo que sus padres lo iban a matar por irse de serenatas sin permiso. Ya era costumbre para él ir de fiesta en fiesta, llevar serenatas a las muchachas del pueblo o quedarse en alguna esquina tomando con los amigos. Y tan solo tenía 16 años.

Aquellas montañas andinas guardaban muchos secretos, y los cuentos de los viejos siempre hablaban de todas las cosas de las cuales había que cuidarse. Se tenía que ser precavido con los momoyes que aparecían cerca del agua, de las cosas raras que les sucedían a los caballos, y también de las temibles brujas, bien conocidas en la región e identificadas por los vecinos, como aquellas que temían a los arcoiris o se transformaban en cóndores en algunas noches de verano, cosa que nunca fue verificada.

Y sí, esas son las cosas de las cuales te recuerdas precisamente a las 3:00 a. m. cuando caminas solo por una carretera con neblina y sin un alma que te acompañe. Bueno, sí, tal vez una, tal vez una solitaria alma.

A tan solo dos luminarias de llegar a su casa se encontraba debajo del farol una persona. Precisamente Félix debía pasar en frente de ella. Pensó en cruzar la calle, pero esto demostraría que realmente estaba muy asustado.

La persona no parecía conocida, al menos no a ninguna de las que por allí vivían. Estaba sentado, con la cabeza entre las rodillas, con aspecto de anciano. Vestía ropas viejas, un manto y un sombrero con orificios, por lo que pensó que sería un anciano pobre.

Como el viejo no lo había visto, trató de apurar el paso para atravesar aquella situación incómoda. Si el viejo lo miraba tendría que saludarlo tal como era costumbre en aquella época y lugar. ¿Y si era un espanto? Una vez más le vinieron a la cabeza todas las posibilidades terroríficas, todos los cuentos que su familia contaba en reuniones familiares y de amigos.

–Adiós… –dijo el viejo.

Félix respondió con un saludo rápido y cortante.

–Hijo, ¿tienes fuego?

El muchacho se detuvo, al menos no era un espanto, ellos no fuman.

–Sí, señor, sí tengo –respondió el muchacho.

–¿Y de donde vienes? –replicó el viejo.

–De aquí cerca, estaba con unos amigos llevando una serenata.

Félix trató de no generar mucha conversación, mientras más rápido llegara a su casa, menos problemas iba a tener. Dio fuego al viejo, y tuvo la oportunidad de ver su rostro en la oscuridad cuando encendía el tabaco.

El viejo tenía la cara muy arrugada, no tenía cabello visible debajo del sombrero. Tenía un aspecto familiar en su rostro, como si lo conociera de antes, pero no se animó a preguntar.

–¿Y qué tocas?

Perdido en su apuro y sus pensamientos, el joven no entendió la pregunta, el viejo la repitió:

–Dijiste que venias de dar una serenata… ¿Cuál instrumento tocas?

–El Cuatro, señor, y también canto...

El viejo comenzó a contar historias, de su juventud, que también le gustaban las fiestas, las mujeres y las peleas. Enumeró muchas experiencias que había tenido, las historias no se acababan, tampoco el puro que tenía encendido en la mano.

Contó que cuando joven había cometido mil estupideces, dañando a unos cuantos que no debió, y roto muchos corazones. Lo decía con toque de remordimiento y nostalgia.

Ya Félix estaba resignado al regaño que le iba a dar Ramón, su padre, por llegar tan tarde y sin permiso.

Luego, de repente, el viejo dejó de hablar.

Vio la oportunidad para escapar, las historias eran muy interesantes, pero... ya habían pasado más de dos horas, lo sabía por que ya las nalgas le dolían por estar sentado en el cemento de la acera por tanto tiempo. Además que el cuadro misterioso del asunto no cambiaba, ni siquiera la niebla se había despejado. Desde allí podía ver que en su casa las luces estaban apagadas.

–Eres un buen muchacho –dijo el viejo. –Tienes un gran corazón, pero tienes que ver lo que estás haciendo con tu vida. Tus padres quieren lo mejor para ti, y si sientes que te abandonan a veces, es porque deben trabajar para poder darte lo que tú y tus hermanas necesitan. No los culpes.

El viejo hablaba de la misma forma como los sabios y conocedores hablan, pero con una particular familiaridad, pareciera que fuese su abuelo o algún antepasado que lo conocía muy bien, eso quizás explicaría el parecido físico...

–Vas a salir adelante, pero primero debes corregir tu vida, enfocarte en lo que es correcto, y alejarte de lo que le hace mal a ti, a tu alma y a tu familia.

Ante lo escalofriante que se estaba tornando la conversación, el joven se despidió rápidamente, dio las gracias y se fue corriendo a casa. Antes de llegar a casa volteó, y vió como el viejo desapareció poco a poco como si estuviera una manta de invisibilidad cayendo sobre él.

Abrió rápidamente la puerta, en silencio y sin cambiarse la ropa se metió en su cama. Ni sus padres ni nadie se dieron cuenta de que él había llegado. Vio la hora, eran las 3:03 a.m.

--------------------

Pueden seguir su trabajo ehttps://jeandevenish.com




Contenido relacionado












Locales | Sucesos | Afición Deportiva | Nacionales | Internacionales | Gente Feliz | Vida de Hoy | Semanario | Opinión


Nosotros | HISTORIA | MISIÓN, VISIÓN Y VALORES