Porlamar
23 de febrero de 2019





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La mujer de Luis Macha
Habían quince hombres distribuidos en las tres embarcaciones, Luis estaba montado en la Nievesita II. Martín Valiente, que iba de capitán en la Nievesita I no supo qué golpeó su barco sino cuando ya era demasiado tarde. Un cachalote de diez metros emergió de la bruma, desorientado, embistió con fuerza la primera y la segunda embarcación, para luego desaparecer.
Juan Ortiz juam_manuel_ortiz@hotmail.com

16 Ene, 2019 | Cuando Luis Macha salió ese día de campaña no esperó nunca el vuelco que daría su vida. Los barcos ya estaban listos con las redes, las tres Nievesitas —como se llamaban las lanchas —, iban enrumbadas a Cubagua a las tres de la mañana porque un cardumen de catacos había sido visto hacia esa zona y la pesca prometía ser buena.
Habían quince hombres distribuidos en las tres embarcaciones, Luis estaba montado en la Nievesita II. Martín Valiente, que iba de capitán en la Nievesita I no supo qué golpeó su barco sino cuando ya era demasiado tarde. Un cachalote de diez metros emergió de la bruma, desorientado, embistió con fuerza la primera y la segunda embarcación, para luego desaparecer.
La Nievesita III se salvó gracias a la rápida acción de Felipe Veda, quien sagazmente viró a babor esquivando con eficacia a la bestia. Todos los hombres estaban alerta, asustados, pero sanos y salvos, o al menos eso parecía.
Lo cierto es que Luis Macha yacía inconsciente en la sala de máquinas, estaba allí abajo durante el ataque y se golpeó con fuerza con una de las válvulas que regulaban el motor.
Si no hubiese sido por Perucho Carasucia, quien bajó a ver cómo estaba todo, Luis no la cuenta.
Esa madrugada no hubo pesca. Martín Valiente decidió abortar la campaña, llevar a su compañero rápidamente a tierra, trasladarlo luego al Mata Sánchez, ambulatorio del barrio de Las Mercedes, para que atendieran de emergencia a su querido amigo.
—¡Ya vendrían nuevas faenas, pesca'os hay de sobra en er mar! —les dijo el capitán a todos.

Ese día atendía en el ambulatorio una pasante caraqueña, muy fina y delicada. Ella recibió en la emergencia a los catorce hombres empapados de agua, quienes llegaron corriendo desde el mar —kilómetro y medio aproximadamente — llevando a su camarada.
Era Calíope Áurea, una morena despampanante, de ojos verdes, quien no esperaba tampoco lo que le depararía el destino esa madrugada en Punta de Piedras.
Luis Macha despertó a los tres días, como el Cristo resucitado.
Al abrir los ojos no daba crédito a tanta belleza, tenía en frente a la caraqueña que se encargó de todos los cuidados durante su estadía y que, por eso del amor a primer olor, había quedado prendada del aroma a salmuera del aguerrido pescador.
—¿Qué pajó? ¿Ónde estoy? —preguntó Luis.
—Tranquilo, señor, está usted en buenas manos, sufrió un accidente de pesca hace tres días y lo tenemos recluido en el ambulatorio Dr. Armando Mata Sánchez —respondió el terrón caraqueño.
—¿Tres días? ¿Y la pesca? ¿Y mi gente?
—Están bien, allá afuera, durmiendo en la sala de espera, ninguno se ha ido desde que lo trajeron. Me asombra tanta lealtad. Es de admirar.
—Ají jomos, jeñorita, toiticos siempre juntos —dijo Luis mientras una lágrima brotaba.
Lo cierto es que Martín se acercó luego con Felipe y el resto de los hombres, alegres de ver bueno y sano al paisano.
Luis Macha, agradecido e interesado —pues había quedado prendado a los ojos y piel de esa morenaza —, no dejó de visitar cada tres días el ambulatorio para llevar cuanto pescado y caracol consiguiera. Calíope le esperaba siempre ansiosa, diez minutos antes de que llegara pues el olor del pescador, como afrodisiaco para ella, le avisaba su cercanía.
El destino hizo lo suyo. Un año después la médico, luego de terminar sus pasantías, pidió cambio definitivo a la isla y —sin anillos ni compromisos superfluos más que el estar juntos por querer — se fue a vivir a la orilla de la playa en la ranchería con su pescador. Del amor nació una niña hermosa, Cayena fue su nombre, era la luz de los ojos de ambos.
Ella, Calíope, seguía en su trabajo sirviendo, él, Luis, pescando, disfrutándose ambos y disfrutando de su hija, sin interrumpirse, sólo siendo. La gente del pueblo, como es típico, no dejaba de hablar de ese extraño amor, pero ellos, felices, no les hacían caso.
Pasaron diez años de aquello y algo extraño empezó a ocurrirle a Luis un martes en la madrugada. Sentado en su silla de mimbre, remendando sus redes bajo la luz tenue de la lámpara de aceite, alzó la vista al horizonte y vio la Nievesita I zarpando con Felipe Veda y sus hombres, él alzó la mano y los despidió con ademanes para seguir reparando los huecos hechos por los mondeques, picúas y carites.
Diez minutos después levantó la mirada de nuevo y, de manera exacta, la escena volvió a repetirse: Felipe Veda y sus hombres se despedían. Luis, extrañado, se despide de nuevo con ademanes. Baja la mirada y, diez minutos más tarde, la levanta de nuevo para ver el cuadro de hace diez minutos atrás tan exacto como el primero.
—¡Qué broma es la qué, Felipe 'er cipote? —gritó con fuerza Luis Macha antes de caer al suelo por un dolor insoportable de cabeza que le dio.
No volvió a despertar sino hasta sentir un fuerte zarandeo de parte de Perucho Carasucia, que repetía con fuerza su nombre, una y otra vez.
—¡Qué pajó, qué pajó? —exclamó con fuerza Luis Macha, levantándose del desmayo.
—¡Que te desmayaste, hombre, el golpe fue duro! —respondió Perucho.
—¿Y Calíope, y mi Cayena? ¿Están bien?
—¿De qué hablas, Luis Macha? ¿Quiénes son ellas? ¡Nos acaba de golpear un cachalote gigante que de bromita nos hunde!
—¿Un cachalote? ¿Pero si yo estaba en la ranchería remendando... Yo... Yo... —replicó Luis antes de desmayarse de nuevo y despertar tres días después en el ambulatorio Mata Sánchez.
Lo cierto es que aún hoy llora los diez años más felices que vivió con la mejor mujer que tuvo y con ese retoño que, junto con ella, nunca vuelve. De allí su tristeza al despuntar el alba en la bahía de Las Mercedes, también cuando atardece y anochece, siempre.
Del libro "Ven que te echo un cacho".

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