Porlamar
20 de enero de 2019





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Una española margariteñizada
Se apuró en los estudios para obtener su credencial de médico cirujano, y además conquistó el amor de la mitad de su ser: María Consuelo Martínez (mejor conocida como “Chelo”) nacida a finales de la guerra civil y profesional en el área de la salud.
Mélido Estaba Rojas | melidoestaba@gmail.com

13 Ene, 2019 | Cuando mi hermano Pedro Ramón tuvo la encomienda de irse a España a estudiar medicina, salió una mañana relancina por los caminos del “Caño de los burros”, vía exprés entre nuestro pueblo y Juan Griego, perseguido por mamá que le pisaba los talones, llevando sobre su cabeza la maleta de cartón con cuatro trapos, un frasco de alcoholado “Pingüino” y otro de aceite “Undine”, un desodorante “Mum spray”, una pasta de dientes, un perolito de mentol chino, dos jabones lechuga y un pedazo de periódico para ponérselo en la boca del estómago en caso de mareos. En la reunión familiar los mayores determinaron que Francisco –ya profesor- debía enviarle sin falta doscientos bolívares mensuales, para su manutención; y el estudiante tendría que devolver por la misma vía las notas obtenidas en la carrera. ¡Tremendo compromiso!

El muchacho partió en la “María Rosario” dejando atrás el crepúsculo y la voz de la vieja que, echándole la bendición, le decía “mucho fundamento y aquí te espero pa’ que me examines”. Pedro se instaló en Salamanca, ciudad conocida como “La capital cultural de Europa” dueña de la consigna “arte, saber y toros”, donde se movía cómodamente con la remesa puntual del hermano. Se apuró en los estudios para obtener su credencial de médico cirujano, y además conquistó el amor de la mitad de su ser: María Consuelo Martínez (mejor conocida como “Chelo”) nacida a finales de la guerra civil y profesional en el área de la salud. Allá se casaron antes de salir en el barco rumbo a América, en busca de la primera paciente que le esperaba en un oasis impredecible llamado Margarita. Desembarcaron en La Guaira y trepados en su Volkswagen tomaron rumbo a Oriente, donde ya el nuevo médico tenía chamba asegurada en un lejano pueblo del estado Sucre. “Chelo” iba ansiosa por llegar a casa y ver la ciudad donde vivirían. Entraron a Caracas y la mujer casi muere de felicidad considerando que allí se establecerían. Su desánimo fue creciendo en la medida en que avanzaban por esos pueblos regados en la vía. ¿Tampoco es aquí, Pedro? Preguntaba ella ante la preocupación del esposo.

Ya la joven estaba rendida del sueño y agotada de desilusiones poblacionales, cuando se estacionaron en la medicatura rural de Chacopata, donde no hay más allá, entre olores de playa y pepitonas. Pedro Ramón la invitó a comer algo y ella dijo que quería un bocadillo (que en España es un pan relleno de queso y jamón, y otras menudencias sabrosas) pero el dependiente muy voluntarioso le trajo un bocadillo de guayaba. Desde Sucre viajaban con mucha frecuencia a Margarita, allí se amontonó el pueblo para ver a la Española y uno de los sobrinitos se puso impertinenton, por lo que “Chelo” ofreció darle unos azotes. Total que el muchachito después no la dejaba en paz reclamándole “Chelo”, dame los azotes que me ofreciste, pues” (pensando a lo mejor que se trataba de pichas).

En esos días murió un vecino conocido como Villo, y cuando llevaron la noticia a mi casa, “Chelo” expresó “Vamos, hombre… pero cómo se murió ese señor, que estaba anoche tocando en Venevisión”. En cierta ocasión decidió comerse unas uvas –algo extraño entonces en Margarita- fueron a Juan Griego, al negocio de Goyo Salcedo, y al preguntarle por esa fruta, el hombre le dijo que tenía como arroz, y destapando refrescos “Kist” de uva, le decía, ¿cuántas quieres, mijaa? Una tarde, mientras mamá arreglaba la repisa de los santos, se cayó un retrato de papa muy acicalado, y “Chelo”, admirada, refiriéndose a la estampa del viejo, reaccionó “¡Cónchale pero el señor Natividad era muy guapo”! ¿Guapo? –replicó mi madre- ese hombre era más flojo que el diablo, mija querida. Pero entre tantos cachos protagonizados por mi cuñada, destaca el referido a la vendedora de pescados que pasó por la calle, con su oferta a todo pulmón. Ella gritaba, como se acostumbraba, “catalana fresca….catalana fresca”; y “Chelo”, sin poder ocultar su pena y malestar, corrió a preguntarle a su esposo: “Mira Pedro, ¡hombre!…¿Qué le he hecho yo a esa tía, que pasa por la calle llamándome fresca?… ¡Vamos, hombre!




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