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16 de diciembre de 2018





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El porqué no puedo dejar de jugar videojuegos
Mi hermano y yo siempre jugamos videojuegos. Desde que tuvimos uso de razón los juegos de video nos llamaron la atención. Mama (sí, sin acento, por los ancestros italianos que no tuvimos nunca), con lo mucho que trabajó y lo poco que le pagaban, logró reunir para comprarnos un Nintendo de 8 bits. El clásico, ya saben, el de Súper Mario.
Juan Ortiz juanortiz051283@gmail.com

14 Nov, 2018 | Sí, juego videojuegos. Juan Ortiz, el escritor, el artesano, el poeta, el profesor, y pare usted de poner calificativos malos o buenos, es un jugador o "gamer". Para mis amigos más allegados no es un secreto, quizá mis lectores ni lo sospechaban. Ahora lo saben. Mis razones tengo, y aquí las expondré.

Mi hermano y yo siempre jugamos videojuegos. Desde que tuvimos uso de razón los juegos de video nos llamaron la atención. Mama (sí, sin acento, por los ancestros italianos que no tuvimos nunca), con lo mucho que trabajó y lo poco que le pagaban, logró reunir para comprarnos un Nintendo de 8 bits. El clásico, ya saben, el de Súper Mario.

Desde allí los videojuegos pasaron a formar parte de nuestra vida. Contrario a lo que muchos creen, estos juegos no afectaron nuestro desarrollo social ni interacción familiar, de hecho, fueron un escape y una ayuda, creando un nexo que no hubiésemos pensado jamás. Nuestras relaciones con allegados y conocidos mejoraron mucho; incluso aprendimos a hablar inglés con los primeros RPG (role player game —cursivas—, por sus siglas anglosajonas).

Final Fantasy I y Zelda, para Nintendo, nos cautivaron. En cierta manera nos enseñaron a cómo luchar por lo que se desea en la vida y que, quieras o no, la vida es cruel y nunca acontecerá como deseas. Durante ese encuentro con los juegos de rol de 8 bits pasó algo que sin buscarlo selló nuestras vidas, una especie de pacto. Yo siempre le ponía a mis personajes el nombre de "Meco", que ere el apodo de mi hermano, y Jesús —Meco— le ponía sus personajes "Juan".

De esa extraña manera procurábamos dar lo mejor en cada partida. No era para menos, la vida de nuestro hermano estaba en juego. Sí, nos peleábamos como típicos hermanos, y por más molestos que estuviéramos entre nosotros, por "x" o "y" circunstancia, no dudábamos en proteger a nuestros "muñequitos" a capa y espada, porque se trataba del mejor amigo de cada quien; de la sangre, pues, que no es agua.

Con el correr del tiempo a mí empezaron a llamarme "Guaricho", y por una extraña razón Meco heredó el apodo también. Total que, por mera lógica, a los avatares de Jesús en los distintos juegos les tocó la misma suerte: llamarse Guaricho.

Hoy en día, luego de pasar por más de 12 consolas de juegos diferentes (las hemos tenido casi todas, de hecho), de jugar infinidad de juegos, seguimos con la costumbre —o por lo menos yo lo hago—, sólo que, además del hecho de cuidarnos, ha pasado algo muy extraño.

Meco se fue del país hace cuatro años, desde ese entonces no lo veo. Me ha pegado mucho eso, sí, aunque no se lo demuestro mucho al chatear o hablar por teléfono, y a veces le reprocho el no venir a ver a mama. Sin embargo recuerdo las lecciones de Zelda y Final Fantasy, y muchas otras de excelentes juegos, cuando chamo; y así es la vida, pues, cruda, ruda y duele, nunca es como a uno se la pintan.

Meco dejó de jugar videojuegos desde entonces por razones que no vienen al caso, sin embargo yo he seguido, más que nunca, de hecho. Y sí, a cada muñeco que me toca jugar le pongo de nombre "Meco", y lo cuido bastante.

De esa manera mi hermano ha estado presente cada día desde que se fue, y lo estará haciendo, de esa manera lo honro y lo bendigo, y por esa razón no puedo ni podré dejar de jugar videojuegos. Así lo tengo presente, así yo amo a mi hermano.




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