Porlamar
14 de noviembre de 2018





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Para qué sirve un poeta
Decía Lawrence Durrell, autor del Cuarteto de Alejandría, que “Es un deber de todo patriota odiar a su país creadoramente”. En esas filas militamos. Por eso estamos aquí.
Ramón Ordaz / rordazq@hotmail.com

7 Nov, 2018 | “¿Para qué sirve un poeta?” Pregunta capciosa, que se vuelve interesante cuando interrogamos ¿para qué sirve un diputado, un concejal? Ni el poeta ni estos han estudiado en parte alguna para la investidura que dicen representar. Hay poetas ignorantes, son los más, pero son muchos más los diputados, concejales y políticos que hacen alarde de su ignorancia apenas suben a la tribuna. ¿Cuál de ellos es más útil en el entendido de que son personajes que hacen ruido urbi et orbi? En la estrechez de vida de hoy trastocan todo y por artes del ocio y del negocio amanecemos con un diputado poeta, un fiscal poeta, un verdugo poeta, entonces, sí parece pertinente la pregunta ¿para qué sirve un poeta? Se torna grave porque sacude la voluntad dormida ante tantos bardos cantando batallas que jamás dieron ni existieron.

Decía Lawrence Durrell, autor del Cuarteto de Alejandría, que “Es un deber de todo patriota odiar a su país creadoramente”. En esas filas militamos. Por eso estamos aquí. ¿Para qué sirve un poeta? No será para hacerle versitos a la luna, dejemos a Bécquer tranquilo, porque Nicanor Parra canceló el asunto en “Retrato de una dama”, uno de cuyos versos es taxativo: “Que la luna se vaya a la puta que la parió”, con lo que ya tenemos bastante de antipoesía. En materia de cobres, Bécquer se adelantaba a Parra: “y con oro cualquiera escribe poesía”.

Hay a quien se le ha ocurrido fundar Escuelas de Poesía, en otras palabras, escolarizarla como ha ocurrido con la danza y el teatro. ¡Dios nos libre de la graduación y escalafón de un poeta! Dylan Thomas en 1950 dejó dichas, asimismo, palabras determinantes: “…quiero aclarar que yo no considero la poesía como un arte ni oficio ni como la expresión rítmica y verbal de una necesidad o premura espirituales”, para más adelante hacer consideraciones acerca del deber ser: “en un primer período, en el habla, la indumentaria y la conducta para justificar también ingresos económicos que satisfagan sus necesidades más apremiantes, de no haber sido aquel víctima ya del mal de los poetas o del gran basurero”.

Este juicio de Dylan da como para escarmentar o poner en la picota muchas pretensiones. Profesión de humildad, mas no de pobreza. Algunos podrán ripostar pensando en Leopold Senghor, Mao Tse Tung, Karol Woytila, Pablo Neruda o Netzahualtcoyolt, todos funcionarios de Estado, pero con un antecedente único: antes que hombres de Estado eran poetas. Ocurre que entre tantas tergiversaciones del poeta, ciertos círculos han estandarizado esa condición hacia quienes escriben versos, cuando en realidad es una visión unidimensional del asunto. El poeta de oficio sabe cuánta es ardua su tarea en el macrocosmos de los lenguajes, en el que escribir versos no siempre es lo más importante.




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