Porlamar
20 de noviembre de 2018





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Pal Valle e’ la Margarita
Más allá la venta de empanadas de a cuartillo con tu ñapa de guarapo e’caña; y –lo más llamativo para los muchachos- un cuartico con sus rejas, donde se veía de cuerpo entero a “el loco del Valle”, que según la historia le echaron un daño en un pocillo de café, por enamorarse de una vallera ajena.
Mélido Estaba Rojas | melidoestaba@gmail.com

8 Sep, 2018 | “Chente Rabodulce” fue el colector más afamado entre los clientes de los cuatro carros de pasajeros que transitaban por mi pueblo. Los choferes se lo disputaban y él, dispuesto con su cajón de velas en el que se sentaba, no aguantaba dos “pedías” para zumbarse en el oficio que tanto disfrutaba. Por los días próximos a la fiesta del Valle, se armaba con su pote de parcho e’bicicleta, donde almacenaba los realitos que le iban cayendo producto del pasaje. “Valle, Valle, Valle e’ la Margarita”, chillaba Chente con medio cuerpo fuera del catanare, que pronto se apretujaba con devotos y buscadores de fiesta.

En un principio, los jateros iban a pie y llevaban sus corotos, agua y comida, para establecerse por algunos días en las proximidades de la iglesia, y gozar de un todo con las festividades de la Patrona de Oriente. Más tarde los autos simplificaron el recorrido. La gente de mi casa, por recomendaciones de mi abuelo Nicolás Marín, se arranchaban en un espacio entre el bar “La Gloria” y “El baile de los viejos” desde donde se dominaba la zona y la iglesia quedaba cerquita.

Más allá la venta de empanadas de a cuartillo con tu ñapa de guarapo e’caña; y –lo más llamativo para los muchachos- un cuartico con sus rejas, donde se veía de cuerpo entero a “el loco del Valle”, que según la historia le echaron un daño en un pocillo de café, por enamorarse de una vallera ajena.

Tenía uñas y barba muy largas, descalzo, el pecho protegido por su flacura con un pantalón amarrado por un guaralillo. La interrogante eterna del extraviado en el mundo de los verdaderos locos se acentuaba en su mirada que parecía perseguir a un invisible, atormentado por la bulla de cohetes y anuncios de caballitos de madera y carros chocones. La gran misión era conseguir un centavito para comprar algodón de azúcar y regalárselo al loco, para ver como lo destrozaba con sus encías desdentadas.

En el bar “La Gloria” –años después- se instaló la “música de viento”, con protagonismo de agrupaciones como Ismael Cova, un adelantado ejecutante invidente que regó su sabor por Oriente; pero el inmenso atractivo musical en la fiesta del Valle lo representaron los morochos de La Asunción, ejecutando sendas trompetas. Eran dos jóvenes idénticos, vestidos igualitos y haciendo los mismos movimientos al sonar sus instrumentos.

Entonces había un enrejado de alambre de gallinero, y los bailantes pagaban un real por tres piezas, más la ñapa del siguiente set; en los bares donde no había alambrado como “El Paují”, el cobrador literalmente corría detrás de las parejas para cobrarles; mientras que en otros, como en el baile de los viejos, había que comprar tickets para mover el esqueleto. Ver a la Santísima Virgen, comprar sortijas y medallas con su imagen (para llevarle a los que no pudieron venir) e ir a ver los milagros y sus vestidos, era lo primero que debía hacer un buen creyente, pero sin olvidar adquirir las barrigas de vieja, los coscorrones, roscas cubiertas, conservas de chaco, saboyanos, templones… para dar a muchos “tu parte de Valle”.

Dicen los que saben que la octava es mejor que el día, aunque muchos prefieren ir el 12 de octubre, cuando “hay menos gente”. Debemos recordarles que no deben llevar armas de fuego o cigarros de contrabando, porque a la entrada de El Valle ponen a dos policías que registran a todo el mundo antes de pasar, ¡para evitar vainas!




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