Porlamar
15 de noviembre de 2018





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Crisis de identidad
Las cocineras desplumando aves; copa en mano, el bebedor a su vino bajo los modillones de una extraña cornisa y, al fondo, Cristo en su predicación, desdibujado, agredido por la grosera "cornucopia" que coloca en primer plano Beuckelaer. Cristo es usted, Cristo soy yo, en ese juego perverso y sin sentido de no reconocernos, de no darnos cuartel para que yo pueda respirar su hambre y usted la mía. Buena o mala, nuestra actuación es humana.
Ramón Ordaz | rordazq@hotmail.com

5 Jul, 2018 | "Crisis de identidad" dijo el búho de espalda, mientras pasaba el aerolito. ¿Ovni? Entonces yo venía en esa nave que se oculta, que aguarda un día saturnal para la revelación definitiva. La filosofía de Cristo era la más elemental y la menos comprendida. "Yo soy la piedad", "yo soy la salvación". La piedra mágica de los siglos, piedra miliar, piedra negra que esconde La Meca, piedra oceánica, piedra sideral, piedra múltiple que irradia en cada corazón un halo de luz desconocida. Piedra, salvación, que soy yo mismo; piedra, salvación, que es usted mismo. Usted, lector, es mi salvación; yo, lector, soy su salvación, y no podremos salvarnos, así de sencillo, porque debajo del velo de santidad no nos pertenecemos, no tenemos la misma sombra y de cada palabra proferida salen víboras.

Crisis de identidad. Vengo del siglo XVI. Me vulnera, me perturba todavía el Cristo en casa de Marta y María, "Los cuatro elementos" de Joachim Beuckelaer, cruda expresión de la gula del universo: pavos, codornices, faisanes, gallos, patos, palomas, calabacines, coliflores, tomates, hortalizas, rábanos, perniles, avutardas, conejos, papas, cebollas, vasijas de barro, jarrones de vinos, recipientes metálicos para el arte culinario. Las cocineras desplumando aves; copa en mano, el bebedor a su vino bajo los modillones de una extraña cornisa y, al fondo, Cristo en su predicación, desdibujado, agredido por la grosera "cornucopia" que coloca en primer plano Beuckelaer. Cristo es usted, Cristo soy yo, en ese juego perverso y sin sentido de no reconocernos, de no darnos cuartel para que yo pueda respirar su hambre y usted la mía. Buena o mala, nuestra actuación es humana.

Si Dios está en nosotros, si Dios guía nuestros pasos, no deberíamos equivocarnos. Dejo el plural, entro en el singular. Si Dios no se equivoca, me equivoco yo. ¿O Dios se equivoca en mí? Entonces, ¿no soy su lunar, su oveja negra, su errata, su balcánico, su kurdo, su garimpeiro, su efervescente islámico, su potestad judía, su apoltronado católico en la piedra que era Cristo, su lunático, su marciano, su extraterrestre, el compatriota de la túnica roja, el salvador del mundo que, entre aciertos y reveses, aspira a entrar en escena sin el prejuicio de la cruz y decir: este es el fin, lo último, el Finisterre, amaos los unos contra los otros, yo soy la eternidad del odio y la sinrazón; es mentira lo que dijo el loco Charles Baudelaire: "Todo lo que es bello y noble es el resultado de la razón y del cálculo". Volveremos al caos, a esa partida de nacimiento donde reina la nada, a la tóxica y gaseosa constelación que erige el infinito como esfinge que ríe ante la inútil vastedad de una tierra que se hunde orgullosa en la basura de sus cementerios. Gastados engranajes de una humanidad en decadencia, somos, si es que somos algo, esa pesantez del polvo sobre la que el viento pasa de largo.




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