Porlamar
19 de junio de 2018





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Macondo
Buscar suerte en otros países ya no solo tienta a los jóvenes Narváez, mi hermano Manuel Cayetano, médico cirujano, también dejará a la Isla. Sufriremos otra dolorosa amputación en la familia y Nueva Esparta perderá 30 años de experiencia profesional.
Manuel Narváez narvaezchacon@gmail.com

14 Jun, 2018 | Siete de mis bisabuelos nacieron, vivieron y murieron en La Asunción, la octava, Casta Chacón, llegó a la Isla con los gobernantes tachirenses que Cipriano Castro impuso a principios del siglo XX. Mis cuatro abuelos también eran asuntinos.

Mis padres margariteños estudiaron en Caracas, formaron familia, regresaron a la Isla y en La Asunción crecí junto a mis siete hermanos. Todos estudiamos en la Escuela Francisco Esteban Gómez y nos hicimos bachilleres en el Liceo Rísquez; salimos para hacer carrera universitaria, seis obtuvieron títulos en la Universidad Central de Venezuela, mi hermano Alejandro en la Universidad de Iowa, y yo en Aix-en-Provence y en la Universidad Santa María. Todos regresamos a vivir y a trabajar en Margarita.

Con el siglo XXI termina esa historia de arraigo y pertenencia. La destrucción económica del país provocada por los gobiernos chavistas desató el doloroso éxodo que golpea a las familias venezolanas. Once de mis dieciocho sobrinos ya están viviendo en otros países.

Mi única sobrina nieta fue descuajada de raíz y crecerá en Argentina sin recuerdos de playas, ni de mangos, ni de procesiones de Semana Santa en La Asunción.

Buscar suerte en otros países ya no solo tienta a los jóvenes Narváez, mi hermano Manuel Cayetano, médico cirujano, también dejará a la Isla. Sufriremos otra dolorosa amputación en la familia y Nueva Esparta perderá 30 años de experiencia profesional.

El bisturí margariteño que Catano heredó de nuestro padre continuará salvando vidas y aliviando sufrimientos, pero en Ecuador.

El país se desmorona, las familias se desintegran. “Macondo era ya un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado por la cólera del huracán bíblico (…) las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.”














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