Porlamar
15 de agosto de 2018





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La escalera de los tres nombres
El cemento carcomido y las cabillas aflorando lucen como puñales. Allí, cualquier día, Dios no lo quiera, se va a desnucar algún mortal, dada la pendiente a vencer y su completo destrozo. Con razón a la susodicha la llaman la escalera del olvido, de la desidia y de las mentadas de madre.
Ángel Ciro Guerrero angelcirog@hotmail.com

8 Jun, 2018 | Hace años Nueva Esparta se ufanaba de tener en el Mercado Municipal de Conejeros un referente, un ícono, punto de atracción y casi buque insignia que, junto a las hermosas playas y excelentes hoteles de Coche y Margarita, apuntalaban la que comenzaba a ser industria del turismo. Conejeros fue una superestructura, arquitectónicamente concebida con visión muy adelantada para su época, aunque con enormes fallas, por ejemplo, en servicios tan importantes como los sanitarios y poca capacidad en los tanques para el almacenamiento de agua. No siempre sus administradores destacaron por el cuido, dedicación y esfuerzo en mantenerlo tal cual debe estarlo esta clase de edificaciones y, en cuanto al cumplimiento de ordenanzas, quien allí quiera escarbar encontrará enormes fallas cometidas por disfrazados de vendedores, proveedores, funcionarios y compradores. Al fin corte de los milagros, en Conejeros se compra, se vende y se ve de todo. Desde el triste espectáculo de una anciana que asusta a turistas levantándose las faldas dejando al descubierto sus flácidas partes, hasta la niña de trece o quince vendiendo las suyas, mientras el carterista acecha, el estafador capta víctimas y el especulador triplica los precios sin rubor alguno porque nadie denuncia a nadie ya que reina el miedo, la complicidad y la impotencia. En sus afueras hay mucha evidencia de que en este mercado, el descuido ha sido su mayor enemigo. Un solo dato, que debe avergonzar a los alcaldes que el municipio García ha tenido, es la zona demarcada como vía peatonal, que comunica desde debajo del puente al estacionamiento. Las escaleras que lo conectan están destruidas. Desde hace más de veinte años no ha habido quien las arregle. Sus escalones, inutilizados al extremo, constituyen una verdadera amenaza.

El cemento carcomido y las cabillas aflorando lucen como puñales. Allí, cualquier día, Dios no lo quiera, se va a desnucar algún mortal, dada la pendiente a vencer y su completo destrozo. Con razón a la susodicha la llaman la escalera del olvido, de la desidia y de las mentadas de madre.




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