Porlamar
25 de mayo de 2018





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"Una noche, un viaje, un pueblo"
En el mercado nada duerme,/ nada queda en el aire,/ todo está sujeto a algo./ Cada voz tiene un oído que la recibe,/ toda moneda puede cambiarse,/ hasta las uñas y su mugre se venden./
Juan Ortiz | juanortiz051283@gmail.com

7 Feb, 2018 |

I

La boca abierta de la calle
-esta noche en particular-
muerde mis pasos.
Sus ojos artificiales,
titilantes,
maltrechos,
dibujan un sendero en la penumbra
con sus voces de luces rotas
entre la niebla.
Deambulo azul nocturno,
siguiendo los soles vencidos
por el óxido la ciudad
hasta refugiarme en la piel
de una sombra.
Cuanto olvido habita en los tabiques
de esta cama vertical y fría,
que paisaje noble este asfalto
y esta acera,
y que entregados ustedes,
amigos,
perros, gatos, ratas,
sonrisa tenue y franca
de la prostituta,
del mendigo.

II

En el mercado nada duerme,
nada queda en el aire,
todo está sujeto a algo.
Cada voz tiene un oído que la recibe,
toda moneda puede cambiarse,
hasta las uñas y su mugre se venden.
Los olores te llevan al puesto que buscas
entre el tropel de sombras y cuerpos,
de ruidos de cuchillos y balanzas,
de voces de tranza,
de pájaros de hambre buscando que comer
para morirse dentro.
El mercado es un cuerpo amorfo,
un ser descomunal concebido en el caos
que se mantiene en un extraño orden,
suspendido por las conciencias que lo pueblan,
es una bestia que todo lo ofrece
a cambio de algo,
un espejo de la selva que se esconde
bajo el traje y las lenguas,
una vela que no alumbra más que su propio tronco amarillo.
Somos su sangre,
el mercado nos bombea,
nos llama,
nos excreta.

III
Cuando quiero transitar la melancolía
me voy a los zaños de tu nombre
y el mundo se puebla de mangles,
de conchas de botuto,
de redes recién sacadas,
de calles azules con casas libres
serpenteando sobre las aguas.
Cuando quiero ser feliz
hiero con tus letras mi silencio
para habitar tus rancherías,
ver a tus hombres remendar el tiempo
con agujas de parape
y a las mareas mecer
la muerte del hambre en sus cabelleras
con limo fresco y salitre.
Cuando creo no haber existido nunca
recuerdo tu sonido y me siento real
en alguno de tus atardeceres.
Siempre he querido habitar tu nombre y
-aunque sea por caridad-
por una pequeña vez en esta fugaz historia
ser profeta en tus tierras:
Punta de Piedras.




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