Porlamar
14 de agosto de 2018





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¡Por fin cayó…!
Pedro Estrada, Miguel Silvio Sanz, y los más cercanos al régimen, desconocían en su justa medida la corrupción, y robaban con disimulo lo preciso para elevar el estatus, darse bomba y satisfacer amantes y francachelas. La Seguridad Nacional era letra viva para mantener el orden, de tal forma que se imponía el respeto en la ciudadanía, y palabras como abusador, pran, cono monetario, bachaquero, cadenas, redes sociales, bonos o punto, casi no se conocían.
Mélido Estaba Rojas

23 Ene, 2018 | La dictadura perezjimenista estaba en su apogeo, los adecos y comunistas desde la clandestinidad se la jugaban a diario, repartiendo volantes y llamando a la unión contra el militarismo que hacía nido por estos rumbos, el pueblo murmuraba y los heroicos estudiantes universitarios demostraban su valentía con verbo convincente que se pagaba con cárcel y torturas implacables.

Pedro Estrada, Miguel Silvio Sanz, y los más cercanos al régimen, desconocían en su justa medida la corrupción, y robaban con disimulo lo preciso para elevar el estatus, darse bomba y satisfacer amantes y francachelas. La Seguridad Nacional era letra viva para mantener el orden, de tal forma que se imponía el respeto en la ciudadanía, y palabras como abusador, pran, cono monetario, bachaquero, cadenas, redes sociales, bonos o punto, casi no se conocían.

El proverbio "zapatero a tu zapato" se puso en evidencia con los cachuchas ocupando posiciones para las cuales no están capacitados, repintando una lección juiciosa que nos ha dejado negras consecuencias. Los echones han existido siempre, y los políticos inventan postgrados para perfeccionar sus acciones y embrutecernos con discursos prometedores.

Las ansias de poder y la tramposería se fueron colando por entre los caminos donde transitaban dirigentes honestos que luchaban seriamente por el bienestar popular, entre ellos prestigiosos margariteños. Dicen que la historia es una repetición de episodios que se van sembrando como capas en el destino de los seres, que no aprendemos y seguimos cayendo en la trampa del mesías de turno.

Los recuerdos están allí casi olvidados, pero la verdad se mantiene como elemento sustanciador del desarrollo histórico-social. Los colores y las estrategias tecnológicas han cambiado también, pero la compra de consciencias sigue siendo un modelo provechoso para los amantes del reino.

Juan Carlos Millán era -en aquellos días de Pérez Jiménez- estudiante de Medicina en la ilustre Universidad Central, y a pesar de la escasez de teléfonos y líneas, tenía muchos días tratando de comunicarse con la casa del telégrafo en Altagracia, donde lo atendía la prima Dilia González. Al momento de hacer la conexión, la llamada siempre se caía causándole rabia al estudiante "jatero".

Un día tuvo suerte y escuchó desde Caracas cuando la prima dijo "aló, adelante". Juan Carlos, sorprendido por lograr la comunicación, dijo a todo gañote "¡Carajo… por fin cayó esta vaina!", a lo que Dilia respondió "¡Ay mijo, gracias a Dios que tumbaron a ese asqueroso!".




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