Porlamar
14 de noviembre de 2018





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Un "entierro" en Robledal (No apto para personas sensibles)
Ellas vivían en el pueblo contiguo, Boca de Pozo. Flor María de Linares era la curandera del pueblo, con ese oficio ayudaba a Vitico Linares, su esposo, a sobrellevar los gastos del hogar.
Juan Manuel Ortiz

20 Sep, 2017 | Esa tarde de octubre Miriam Linares iba acompañando su madre, Flor María de Linares, a poner unas inyecciones a Camuchita Patiño en el caserío de Robledal.

Ellas vivían en el pueblo contiguo, Boca de Pozo. Flor María de Linares era la curandera del pueblo, con ese oficio ayudaba a Vitíco Linares, su esposo, a sobrellevar los gastos del hogar. La doña cobraba por sus labores, fuere lo que fuere -un parto, una rezada de puyada de sapo o culebrilla, una inyección, un frío, tumores o abscesos, y cuanta cosa extraña que pusiera en peligro la vida de alguien se presentase-, cuatro centavos. Ahorita no parecerá mucho, pero la doñita contaba que con un centavo compraba un puño gigante de ají dulce, y con ñapa. Cuando estaban a dos kilómetros de llegar al lugar de trabajo, Miriam se queda asombrada, con los ojos bien abiertos, conteniendo el aliento.

-¡Mama, mama, ve esa luz!- Dice Miriam, señalando un inmenso roble, frondoso, de diez metros de altura, que sobresalía entre la maleza al lado del camino, y que le daba nombre al pueblo.

-¿Mija, mija, qué luz?... Allí no hay nada, ¡deje de está' viendo cosa' y camine!-Replica la doñita.

-¡Pero maíta, maíta! ¡Mírala, está allí, bailando y brincando al rededor del tronco!

-¡Ay mija, es mejó' que no hubieses visto eso! ¡Vamo', vamo' a trabajá y cuando vengamos te explico!

Fueron a casa de Camuchita, la mujer tenía unos dolores por la artritis. Flor le puso su inyección, tomaron un café las tres, y a las siete en punto de la noche, alumbradas por una luna llena que coronaba el cielo, se enrumbaron a casa. Ya cerca del Roble, Miriam vuelve a quedarse muda, pálida.

-¡Ay mija, tu cara me lo dice todo!- Asustada, comenta la doña, y prosigue.-¡Estás viendo un entierro! ¡El muerto te escogió a ti! ¡No se lo cuentes a nadie! ¡Mira que la gente anda pendiente es de la avaricia, y te van a usar, se van a llevar el tesoro y después te van a dejar a un lado!- En tono regañón.

-¡Pero, pero, maíta! ¿De qué hablas? ¿Un entierro? ¿El muerto me escogió?
¿Qué es eso?

-¡Ay, mija, venga y le cuento! Resulta que estas tierras hace tiempo fueron morada de piratas y bucaneros, cuya vida se orientaba sólo a la acumulación de riquezas producto de robos a barcos, engaños, traiciones y saqueos. Vivían de darse puñaladas traperas entre ellos. Cuando ya tenían cantidades que no podían llevar consigo, las enterraban sin saber la maldición que acarearían para sus vidas.- Responde la doña, en un tono misterioso.

-¿Maldición? ¿De qué hablas, mujer?- Replica Miriam, asustada.

-¿No lo has leído? ¿No lo has escuchado nunca?

-¿Qué, maíta, qué? ¡Deja el misterio!

-"Porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón..." Mateo capítulo 6: versículos del 19 al 21, esta parte específicamente aparece en el versículo 21. Estos hombres por desconocer de la sabiduría divina, y dejar que sus vidas se llevaran sólo por deseos banales, sin buscar un ápice de trascendencia, ataron sus almas a estos entierros de una manera tal que habiendo muerto no pudieron cruzar el umbral sino que quedaron sujetos a aquello que consumía su ser, su verdadero amor, y ahora vagan rondando los lugares donde ocultaron los tesoros esperando que un alma noble pase para hacer contacto con ellas, que estas desentierren los objetos -oro, perlas, piedras preciosas- y los liberen así de la cárcel en la que la avaricia espiritual los sumió.

-¿O sea, es un espectro? ¿Y haciendo eso se va?

-Noooo, así de fácil no es mijita. Hay que hablar con la gente que sabe, hacer los rituales respectivos, y esto nada más para sacar el entierro. Para que el alma se libere realmente hay que hacer otra serie de actos litúrgicos. Dime, ¿quieres liberarla?- Le dijo la doña y Miriam quedó en silencio por dos minutos.

-¡Ay, maíta, esto es mucho para alguien en un solo día! ¡Vamos a la casa y déjame consultarlo con la almohada!- Ambas prosiguieron su camino y de eso no se habló más hasta aquella madrugada estrepitosa, cinco días después.

Un grito ensordecedor sacó de la calma a todos los habitantes de la casa linares a las 3:00 a.m. de aquel martes.

-¡Lo haré, lo haré, sacaré ese entierro!- Se escuchó. Era Miriam Linares. Había pasado cinco noches enteras soñando con un cuerpo cubierto todo de barro negro pululante de gusanos, hediondo -sí, podía olerlo-, con las cuencas de los ojos llenas de un brillo rojo, líquido, como sangre y en la boca cuatro dientes amarillentos sostenidos por un hilo fino de nervios, que no dejaba de repetirle: "Miriam, Miriam, sólo tú puedes ayudarme... Por favor...". La joven mujer se lo había guardado hasta que esa madrugada no pudo más. Su madre se acercó rápidamente al cuarto, Miriam le contó todo y al instante Flor le dijo: "¡Mañana mismo vamos con el cura, vamos a acabar con esto ya!"

Teudimio Rojas era el párroco de la zona en esos momentos. Un hombre alto, de un metro noventa, de tes morena, jesuita por convicción. Estaba tomando su acostumbrado café de las 7:00 a.m. cuando escuchó sonar la puerta de la casa parroquial aquel martes.

-¿Quién anda allí?- Pregutó, extrañado, porque esa no era hora de que lo buscasen.

-Es Flor Linares, párroco, con Miriam. Es algo urgente, disculpe la hora.- Replicó la viejita.

El hombre las hizo pasar y escuchó toda la historia.

-En definitiva: es un entierro. ¿No se lo ha dicho a nadie más, verdad? Mire que hay mucha gente mala, y el que menos puja, puja una lombriz. Uno nunca sabe lo que el corazón de las personas alberga, y comúnmente cuando el dinero está de por medio los demonios se dejan ver a plena luz del día.-Les dijo el padre.

-¡No cura, para nada, callar fue lo primero que hice luego de escuchar a mi madre, quien me dio el mismo consejo!- Respondió Miriam.

-Más sabe el diablo por viejo que por diablo, bien hecho señora Flor. Aja, les pregunto, ¿quieren ir a sacar el entierro y ayudar a esta alma a irse en paz?

-Sí, a eso hemos venido.-Respondieron al unísono ambas mujeres.

-Perfecto, buscaré la ayuda de Julián, un obrero de mi confianza, un hombre sin familia que ha pasado a ser la mía en este pueblo, para que se encargue del trabajo fuerte, entiéndase: escavar en las faldas del roble. No es la primera vez que me vienen a buscar para esto y en todos los entierros, el menos hondo estaba a un metro veinte bajo tierra.

Cuadraré con él un pago de cinco bolívares, deben llevarlos consigo. Descuiden, el contenido del entierro se los repondrá con creces. Yo llevo lo demás, lo espiritualmente necesario. Nos vemos hoy a las 9:00 p.m. aquí mismo, ya que de camino hay una hora y debemos desenterrar eso antes de la medianoche.

-¡Gracias, padre! ¡Aquí estaremos!- Respondió Flor. Cuando se disponían a salir una leve brisa abrió la puerta frente a ellas y las campañas de la iglesia sonaron solas dieciocho veces. El párroco nunca pudo explicar el porqué de aquello.

A la hora acordada todos estaban en el sitio de reunión, incluyendo a Julián - de quién habló el padre, un hombre fornido, moreno, que toda su vida había trabajado construcción, a quien hacer un hueco de metro y medio de superficie, y metro y medio de hondo, en el suelo, le llevaría a penas veinte minutos- y también Petra Mata, la mejor rezadora del pueblo, quien conocía de atrás para adelante y de adelante para atrás todos las oraciones de las misas y serviría de ayuda espiritual a Teudimio al empezar a desenterrar aquel tesoro. El párroco le extendió la mano a Flor Linares e hizo una mueca con su boca, ella entendió rápidamente y le entregó los cinco bolívares, mucho más de lo que un obrero podía ganar en tres meses de trabajo para aquella época. El cura al instante le dio el dinero a Julián, y le dijo: "Tal y como habíamos acordado, mijo". Y se dispusieron a caminar hasta el lugar en cuestión.

Una hora de viaje se llevaron. La luna estaba menguante, se alumbraban con lámparas de aceite en el montuno camino.

-Aquí es, ahí está la luz moviéndose al rededor del roble.-Dijo Miriam, señalando el inmenso árbol. En efecto allí estaba la luz, que danzó por cinco minutos frente a ellos -aunque sólo la miraba la joven- hasta hundirse en tierra.

-¿Qué lugar exactamente?- Preguntó el párroco.

-Se acaba de hundir aquí, justo aquí.- Dijo Miriam señalando un claro al lado derecho del roble.

-Entendido. Comience a covar, Julián.- Dijo el párroco con voz de mando al albañil, quien sin mediar palabras empezó a hacer el hueco. Apenas Julián lanzó el primer picotazo, el padre empezó a rezar y pidió a Petra que lo acompañara en cada oración. Una brisa fría se presentó helándolo todo, y a lo lejos se escucharon las campanas de la iglesia que sonaron dieciocho veces. El párroco y Petra rezaron con más fuerzas, mientras temblaban de miedo al igual que Flor y Miriam. Cuando Julián iba a dos metros y medio de profundidad -cuarenta minutos después de haber empezado y dudando ya de que fuese cierto- el pico golpeó algo hueco. Se quedó pensativo y lanzó de nuevo la herramienta-con emoción- obteniendo la misma sonoridad desde el piso.

-¡Aquí está! ¡Aquí está! ¡Ja, ja, ja, somos millonarios!-Dijo el albañil, con el rostro cambiado y los ojos completamente dilatados y enrojecidos, parecía otra persona.

-¿Qué te pasa Julián? ¡Ya a usted se le pagó! ¡Termine de sacar eso y salga de allí!- Replicó el párroco, molesto. Mientras las mujeres miraban asombradas.

-No, no, no, no, no, padrecito, yo saco esto sólo si lo repartimos a partes iguales, esos cinco bolívares eran para abrir el hueco... Es eso, o vuelvo solo al pueblo y ustedes no aparecen más nunca...- Replicó Julián con otra voz. A penas terminó de hablar empezó a brotar agua del fondo del hueco, a borbotones, las paredes empezaron a caerse formando un fango negro, espeso, que atrapó los pies del albañil, que intentó con todas sus fuerzas zafarse sin poder.

-¡Ayúdenme, ayúdenme, padrecito, ayúdenme!-Decía, desesperado, el hombre, quien soltó el pico y extendió sus manos, con su cara habitual pero ahora espantado, como si hubiese vuelto en sí. Teudimio intentó ayudarlo pero le fue imposible, el agua mezclada con barro negro siguió emergiendo hasta tapiar al inmenso hombre muy por encima de la coronilla. Un ruido vaporeo, como el que emiten las ollas de presión, sonó y el suelo quedó por completo seco, como si nunca hubiesen cavado allí.

-¡Vámonos de aquí! Dijo el párroco, y en menos de cinco minutos habían dejado la zona vacía.

-¡Ví cómo se fue, vi como la luz emergió!- Dijo Miriam, mientras corrían rumbo al pueblo.

-¡Olvidemos esto, nadie volverá a hablar al respecto!-Dijo el padre, y así fue para ellos. Cómo Julián no tenía familia y trabajaba para el padre, este inventó que él se había ido, para aplacar los comentarios en las calles del pueblo.

Meses después Perucho González, un niño de quince años, pasó por el mismo camino a las siete de la noche y vio una luz danzando, pero no le paró. Soñó días seguidos viéndose frente al roble, con un hombre alto, cubierto de barro negro pululante de gusanos, con las cuencas vacías de donde brotaba una luz rojo sangre, de cuya boca salía agua a borbotones, que tenía un pico en la mano y que no cesaba de decirle:

"Perucho, Perucho, busca al padrecito para que me ayude".
J.O.

Gracias a Valerio A Gatti por la colaboración.




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