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Silbandito para espantar el miedo
Maduro, que impresiona con su tamaño, también por su lenguaje violento, amenazador y muchas veces procaz, prefirió quedarse.
Ángel Ciro Guerrero | angelcirog@hotmail.com

8 Sep, 2017 | Jorge Arreaza, funcionario que por servir para todo ahora es canciller y quizás mañana resulte presidente de Pdvsa, capitoste del BCV, titular del Ambiente, jefe de la policía política, rector del CNE, magistrado o Registrador Principal, acaba de regañar a cuatro embajadores cuyos gobiernos han instado al presidente Maduro a reconocer que los derechos humanos son inviolables e invitarlo a dejar de lado la represión y buscar que en Venezuela prevalezca la democracia.

El recién designado canciller dijo haberles hablado muy claro al exigirles a sus jefes de Estado respeto para la autonomía nacional, recordándoles que a nuestro país nadie le da órdenes.

Al jovencito, casi récord Guinness, por haber sido antes de los 40 ministro de lo que sea, le corresponderá sustituir en la ONU al presidente de la República quien, después de anunciar con bombos y platillos que iría al gran foro mundial a defender su gobierno, ya globalmente calificado de dictadura, reculó, se supone, para evitar la andanada de denuncias que, esté o no en ese escenario, se le harán abiertamente.

El muchacho de la película, cuarto bate, novio de la madrina y la pelota en su mano, será quien reciba la andanada de verdades dichas en variados idiomas. Todas denunciando que en Venezuela la libertad está abiertamente restringida, que las instituciones han dejado de ser autónomas, que el gobierno por la vía de la constituyente lo que quiere es atrincherarse en el poder y cambiar el actual texto magno por otro en donde el comunismo no tenga inconveniente o traba legal alguna en su pernicioso afán de demoler la democracia.

Maduro, que impresiona con su tamaño, también por su lenguaje violento, amenazador y muchas veces procaz, prefirió quedarse. Y enviará al jovencito, cuerpo magro, hablar sereno, que pareciera no espantar ni a una mosca, a defenderlo. Sabia decisión, le dirían los siempre prestos a la oficiosidad, al arrime a la mesa de reuniones donde se le ponen precio a los halagos. Para espantar el miedo, le recomendaron, lo mejor es pasar por la tapia del cementerio silbandito.




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