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Porlamar
24 de septiembre de 2017





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Una de las parrandas de Tomasito "Nepe"
Su oído estaba especialmente desarrollado para captar la conjunción de los instrumentos musicales en un radio de diez kilómetros a la redonda, incluso sin el viento a su favor, había una conexión casi mágica entre las parrandas y sus orejas. Un día, a eso de las once de la noche, Tomasito se encontraba profundamente dormido.
Juan Ortiz / juanortiz051283@gmail.com / Instagram: @juanortiz_c

16 Ago, 2017 | Tomás Narváez, o Tomasito "Nepe", como le decían, nunca pelaba una fiesta de su pueblo. Sus manos le picaban por tocar el cuatro, la charrasca, el furruco o las maracas cada vez que había una parranda. Para cantar e inventar versos era un astro, y más si había ron de por medio, tanto así que el mejor de los improvisadores se quedaba perplejo ante sus dotes para entrelazar palabras e ideas cuando estaba borracho.

Su oído estaba especialmente desarrollado para captar la conjunción de los instrumentos musicales en un radio de diez kilómetros a la redonda, incluso sin el viento a su favor, había una conexión casi mágica entre las parrandas y sus orejas. Un día, a eso de las once de la noche, Tomasito se encontraba profundamente dormido.

De repente su cama empezó a temblar en un cinco por ocho perfecto producido por la interacción de su mano izquierda -que marcaba un dos- con una marca de tres de su pie derecho. "Chiqui-chichiqui", se sentía. Parecía el artilugio de algún espíritu burlón amante de las retretas que ese día había decidido visitar la alcoba de Tomasito.

El rítmico temblor, en cuestión de minutos, hizo que el hábil músico se cayera bruscamente de la cama, levantándose adolorido en seguida. Un "¡Ay, caramba, mi cabeza!", retumbó en toda su casa y en las demás casas dos kilómetros a la redonda, donde los vecinos, profundamente dormidos, ni se inmutaron. Lo cierto es que un chichón gigantesco decoraba ahora la cabeza de Tomasito a raíz de la caída. El temblor persistía. Empezó a sobarse con la mano derecha mientras la izquierda no dejaba de marcar el tiempo perfecto de ese ritmo que lo llamaba a formar la pachanga.

-¡Porai hay una parranda y los muy perros no me invitaron!, pero no importa, igual yo voy, y voy bien arma'o.-Se dijo. Tomó su viejo cuatro con la mano izquierda que marcaba el dos, se guindó la charrasca en la espalda y empezó a andar. No dejaba de sobarse el gran chichón, y su pierna derecha no dejaba de marcar el tres. Verlo caminar era interesante. Se sobaba al instante que daba tres pasos a tempo con el pie derecho, luego arrastraba el izquierdo y marcaba los dos tempos restantes con su siniestra. Así iba mientras buscaba como loco en la lejanía el origen sonoro de todo para llegarse y ponerse a tocar cuatro, cantar, y drenar esas ganas viejas de parranda que tenía.
Salió de su casa con su tumba'o peculiar. Su oído lo llevó directo al cementerio.

-¿Juanito el de Mencha se habrá puesto a parrandear con Cheme el de Eulalia desde el más allá?- se preguntó -esos bichos son insaciables vale ¡ya me les voy a juntar!
Aceleró el paso. Insisto, verlo caminar era un show, aunado al hecho de que el cuatro tenía tres tapas de botellas de ron dentro de su caja de resonancia permitiéndole hacer perfectamente el papel de maraca.
Llegó al cementerio, el sonido del furro y de la charrasca se intensificaban.

-Por aquí tiene que ser la vaina, se escucha cerquita- se dijo.
Abrió la puerta metálica que rechinó tan fuerte y tétricamente que varias tumbas temblaron, y Nicanor, el custodio de la necrópolis, despertó de su transe de anís cartujo con ron de ponsigüey.

-¿Quién carrizo anda allí? hip, ¡ar favor y pronúnciese ahora o acuéstese a dormir ya que tengo la dicha de aún conservar la comida conmigo y si corro tras de usted no garantizo su limpieza! ¡Compórtense muertos, o los vomito!- dijo el celador con la borrachera crudita.

-Nicanor, hombre, soy yo, Tomás- dijo acercándose con su tumba'o.

-¡Mijo, con ese andar, ese chichón y esa pinta pareces un bicho de la película triller! hip, ¿Qué te trae por aquí? hip.

-¡Deja la mamadera de gallo, borracho 'er cipote! ¿No escuchas la rumba?, pilla... "Chiqui-chichiqui",- decía en voz baja Tomasito.

-¡Tú estás loco, chico! hip, ¡Yo no escucho nada!
Ciertamente el sonido era menudo y el pobre Nicanor no escuchaba tan hábilmente como Tomasito.

-Mira, hagamos una cosa, eso está cerquita, acompáñame.

-Vale, pues, vale, así camino la resaca, pero después me dejas aquí, bicho, hip.
-Está bien, está bien.
La escena era aún más cómica, el tumba'o de Tomasito conjuntamente con el tambaleo de Nicanor en pleno cementerio pudo haber hecho creer a cualquiera que el "Apocalipsis Zombie" había llegado, curdo, aporrea'o y choreto, pero estaba aquí.
Salieron por la puerta trasera del cementerio siguiendo el agudo oído del caza parrandas, cuando a escasos diez metros, entre unos matorrales, vieron unas luces débiles. El sonido del furro y la charrasca se intensificaban.

-¡Allí está, coño, allí está la parranda, Nicanor! ¡Yo no estaba equivocado!- dijo Tomasito emocionado- ¡Ven, sígueme!
Aceleraron el paso, movieron los matorrales secos, ¿y cuál fue su sorpresa al llegar al sitio?: las luces eran provocadas por un grupo de luciérnagas atraídas por un yaurero florecido quienes alumbraban una pelea entre un cochino hambriento -que se le había escapado una semana atrás a Domitila la mujer de Ñango- con dos ñangaragatos enardecidos porque el puerco se les estaba comiendo el monte donde estaba su casa con todo y crías.
El cochino lanzaba su voz de furro y los ñangaragatos sus aleteos de charrasca.

-¡No me friegues la vida, Tomasito! ¡Anda a lavarte esas orejas, hijo 'e tu madre! ¡Qué parranda ni que parranda! ¡Es un puerco peleando con dos ñangaragatos!

-¡Cállate gafo, y agarra la charrasca, estos bichos están bravos y a tempo, están tocando mejor que Wicho y Verni en sus mejores tiempos, esta rumba va pa' largo y la noche es joven!

Y así fue como Tomasito, cuatro en mano, juntamente con su fiel y curdo amigo Nicanor en la charrasca, tocaron toda la noche acompañando la trifulca entre un cochino y dos ñangaragatos.

J.O.
Con mucho cariño al pueblo de Boca de Pozo, en homenaje a Tomasito "Nepe". Gracias al ingeniero Luis Salazar por la colaboración.




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