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Porlamar
19 de agosto de 2017





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Prepararnos para las vacas gordas
Hasta 2012 Venezuela vivió una época de vacas no solo gordas sino obesas: glotonas, hedonistas, egoístas, sordas y ciegas. Entre 1999 y 2014, el ingreso petrolero anual superó los 56 mil millones de dólares más otros miles de millones por vía endeudamiento.
Arianna Martínez Fico arianna.mf@gmail.com

19 May, 2017 | Cuando era niña sentía fascinación por las historias de la Biblia. Me gustaba, aun sin entenderla, aquella del Génesis 41: "Las vacas flacas y feas devoraron a las siete primeras vacas gordas". Pensaba que, aunque flacas y feas, esas vacas eran tan potentes que acababan con las otras, entonces tal vez no eran tan feas y algo tendría que aprender de ellas. En mi adultez olvidé esa "tonta" interpretación y entendí que la parábola se refería a la mesura, austeridad y sensatez con que había que prepararse, en momentos de bonanza, para las dificultades.

Hasta 2012 Venezuela vivió una época de vacas no solo gordas sino obesas: glotonas, hedonistas, egoístas, sordas y ciegas. Entre 1999 y 2014, el ingreso petrolero anual superó los 56 mil millones de dólares más otros miles de millones por vía endeudamiento. Veíamos plata fluir a manos llenas, electrodomésticos y autos nuevos, misiones para acá y para allá, viajes a Europa con cupos Cadivi, el surgimiento de una nueva oligarquía revolucionaria, los “emprendedores” mejor conocidos como "bolichicos", subsidios de todo tipo y guisos multimillonarios. El exministro Giordani habló de 300 mil millones de dólares que podrían haber sido malversados (saqueados, diría yo). Muchos sabíamos que eso era "pan para hoy, hambre para mañana" y que esa abundancia construida sobre columnas de barro, irremediablemente terminaría en algún momento. Hubo cómplices y amigos de fulanito, beneficiados -directa o indirectamente- así como indolentes e indiferentes. Otros pendejos, cobardes o ignorantes. También indignados con poca audiencia. Lo cierto es que –por la razón que sea, válida o no- como sociedad callamos o no supimos gritar lo suficiente. Y no ahorramos en época de vacas gordas y nuestra deuda externa se quintuplicó y tenemos la inflación más alta del planeta y no hay comida ni medicinas y nos matamos unos a otros y estamos viviendo las amargas consecuencias y el resto es historia.

El deterioro es profundo y sistémico: económico, social, cultural, político, moral y espiritual. Darnos cuenta que nunca volveremos a ser el país que fuimos es frustrante y doloroso, tanto así que podemos enloquecer, aportar soluciones desde el mismo marco mental del pasado, o buscar salidas extremas y volvernos tan o más violentos que aquello que decimos querer erradicar, llevándonos todo y a todos por delante. No podemos permitir que las dificultades que estamos viviendo muy dolorosas, es cierto nos secuestren el ánimo.

Einstein decía que los problemas no pueden resolverse con el mismo nivel de consciencia con que fueron creados. Vendrán tiempos aún más complejos y seguramente muy duros, en los que no tendremos respuestas y habrá que inventarlas. Pasar de un estadio de consciencia a otro exigirá de cada uno de nosotros liderazgo consciente, a la altura de las circunstancias. Si aquello que nos une no es un proyecto sino un enemigo común, la alianza será débil e insostenible. Salir de la crisis y ser el país que estamos llamados a ser pasa por construir sociedad y esto solo es posible desde el encuentro, no desde la exclusión. Necesitamos tender puentes en vez de levantar muros.

Yo estoy convencida que hay una Venezuela implicada, una que todavía no conocemos y que, si bien será distinta, será maravillosa. ¿Optimismo? Me gusta más “Esperanza Radical”. Ser una oferta que agregue valor en la transición, reinvención y reconstrucción del país, evitando quedar atrapados en la red de arrepentimientos, señalamientos, culpa, rabia y resignación implica cultivar conexión, presencia plena y fuerza serena.

En este momento histórico de Venezuela, y por la memoria de los caídos, quiero desafiar la lógica de las vacas gordas e invitarnos a mirar a las vacas flacas como maestras que nos ofrecen la oportunidad -más allá de la sobrevivencia- de fundar bases sólidas para gestionar la paz, alegría y prosperidad que, en algún momento, Dios quiera más pronto que tarde, podrían retornar a Venezuela.




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