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Porlamar
24 de julio de 2017





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Muerte, ¡eterno misterio!
La muerte ha sido de las cuestiones más pensadas y meditadas por los humanos a lo largo de la historia, mucho se ha escrito y filosofado al respecto, pero continúa siendo de los misterios más incomprendidos. Todos nos hemos preguntado alguna vez –al menos yo lo he hecho muchas veces- si existe algo después de la muerte y elijo creer que sí.
Arianna Martínez Fico / arianna.mf@gmail.com

21 Abr, 2017 | Hace unos días murió mi amigo Gonzalo y me duele todo, desde el dedo gordo del pie hasta el cuero cabelludo, cada músculo y cada hueso. Se apagó su sonrisa franca, ojos azul infinito, nuestras conversaciones sabrosas, sus ganas de comerse el mundo y el exceso de vida que me contagiaba. Su muerte -luego de un año batallando con un cáncer fulminante- me trajo una tristeza profunda, serena, transversal. Con él aprendí que a veces no se necesitan muchos años para establecer una amistad bonita, de alma, existencial. Se me ha muerto gente mucho más cercana, es cierto, pero la suya fue la generadora de estas reflexiones inconclusas que hoy quiero compartir.

La muerte ha sido de las cuestiones más pensadas y meditadas por los humanos a lo largo de la historia, mucho se ha escrito y filosofado al respecto, pero continúa siendo de los misterios más incomprendidos. Todos nos hemos preguntado alguna vez –al menos yo lo he hecho muchas veces- si existe algo después de la muerte y elijo creer que sí.

Toda muerte antecede a un nacimiento. Muerte significa fin o extinción y no se limita a la existencia humana. Mueren las personas, los animales, las plantas, las ideas y estilos de vida. El mundo en el que nací -aquel de la ilusión de las certezas- está muriendo. Lo paradójico es que a pesar de lo mucho que la tememos y evitamos en nuestras conversaciones, la muerte será quizás la única certeza que sobrevivirá. Si hay una verdad a la que todavía podemos asirnos es la de nuestra irremediable finitud. Todos nos vamos a morir, mejor o peor, conscientes o no, solos o acompañados, jóvenes o ancianos, antes o después, preparados o no. Nadie tiene duda de ello, lo que no tenemos idea es qué viene después. El gran misterio entonces no es a lo que morimos sino a lo que habremos de nacer.

Si morir es inevitable y aquello que precede a la muerte –si es que hay algo posterior- es incierto, pareciera que lo único que está en nuestro círculo de influencia y de lo que podemos hacernos cargo es de cómo vivimos nuestra vida hoy y nos preparamos para nuestra propia muerte. Vivir bien, para mí, tiene que ver con aprender a amar, con la conexión con una misión de vida que nos trascienda –por pequeña o risible que le parezca a otros-, con estar presentes aquí y ahora, con dejarnos sorprender por lo cotidiano, por ver el universo entero en sutilezas, por gozarme todo y a todos, por escuchar silencios. Vivir bien es todo aquello que me hace más humana, cultiva mi alma y se constituye en la antesala al buen morir.

Yo quiero establecer una relación distinta con la muerte, verla como una posibilidad, hacerla un tema importante y cotidiano, vivir consciente de mi finitud con visión de eternidad. La muerte a la que tanto he temido, esa que se ha llevado a muchos que he amado y por cuya culpa he derramado lágrimas desgarradoras, es la misma muerte a la que hoy bendigo por lo que me está enseñando. Yo quiero a mis muertos en mi vida. Quiero aprender a gestionar mi propio dolor para no solo llorarlos sino honrarlos celebrando sus vidas, conversando con ellos y haciendo que sus palabras, silencios y legado estén presentes en mí.

“Lloras a tus muertos que parece que tú eres eterno. No es que hayan muerto sino que se fueron antes (…) Solo tomaron unos de los trenes anteriores”. Amado Nervo




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