Porlamar
21 de septiembre de 2018





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Pedro Bellorín Caraballo: Un símbolo en Antolín
Eres un extraño que viajas en el tiempo de la ausencia. Ríes y en el tumulto de tu rostro, una lágrima trata de opacar tu risa. Tu cotidianidad se deshace entre hilos de nubes. Soportas con dignidad lo que vives y lo que sientes.
Tarcisio Rodríguez

25 Mar, 2017 | Hoy, cuando la noche no despierta y el día se hace sombra, evoco una plegaria por tu salud para que la enfermedad se ahuyente de tu cuerpo y el alma pueda respirar con libertad. Es mi deseo. Quiero verte andar de nuevo por esas comarcas de Antolín, amigo de viaje. Amigo del encuentro. Amigo de la vida.

Tragas silencio cuando el alba se abraza al rocío, en ese renacer de la primavera. Tu voz se oye cuando el sol, en ese transitar de Este a Oeste, deja la estela de su huella. Repican campanas en tu alma que se ocultan en el follaje de una exuberante naturaleza. Las palabras se hacen pausas, y luchan por alcanzar distancias.

Eres un extraño que viajas en el tiempo de la ausencia. Ríes, y en el tumulto de tu rostro, una lágrima trata de opacar tu risa. Tu cotidianidad se deshace entre hilos de nubes. Soportas con dignidad lo que vives y lo que sientes.

El reloj sigue andando, con pasos lentos, y su tictac duele en las entrañas. Es la vida que sabe a vida. Es tu cuerpo que se hace roble, para resistir esa tempestad que no cesa, que se hace eterna.

Una décima despierta el pensar. El galerón alcanza su máxima expresión en la noche azul. Es la nostalgia que grita silencio. Es el canto de la chulinga que se expande por los espacios más sublimes de tu ser. Es la chicharra, que en su constante cantar, se eleva en la rama más alta del árbol de tu infancia.

La Ceiba de Emeteria, en esa imagen que aviva tu conciencia, sigue creciendo en tu alma con las raíces del viento para que nunca se seque. La Mata Mujer, sempiterna guardiana de tus correrías, estira sus brazos para que te acuestes en ellos.

Aquel malecón tiranero, donde tu adolescencia se arropó con oleajes de sueños y los botes reían de alegría, en ese constante vaivén, por mantenerse en equilibrio. Puerto Abajo, celoso de tus travesuras, te lanzó a la orilla atarrayas de sol para que atraparas los peces de la noche y los asaras en el fogón de tu piel.

Justa Pastora, en ese tránsito permanente por aquellos caminos de arenas y abrojos, sigue llevando en su cabeza la mara de pescado para darte el privilegio de comerte el mejor sancocho de corocoro, que ella misma te prepara.

El bravo Antolín, en su lucha por romper las cadenas del tiempo, te coloca a la vanguardia de su ejército, para vestirte de gloria y entregarte la espada vencedora, como adalid de su territorio.

El Guayamurí, en su constante cambio de trajes, te tiende cama de besos para que descanses, un momento, y tengas la fuerza necesaria para seguir soñando recuerdos.
El espectro cultural antolinense pone a tus pies, como símbolo de tu grandeza, en alfombra de oro, la belleza del alma, tejida con hilos de amor, para que la lleves por siempre, y para que nunca se deshaga; y para que tú, Pedro, sigas escribiendo la nostalgia en el libro del recuerdo.




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